sábado, 2 de marzo de 2013

Compartir Nº 135


¿Cuánto pesa una oración?

Poco después de la Segunda Guerra Mundial una mujer entró en un
almacén y pidió comida como para una cena de Navidad para sus hijos.
Cuando el dueño preguntó cuánto podría pagar, ella respondió: "Mi
marido murió en la guerra. La verdad es que no tengo nada que ofrecer
más que una pequeña oración."
El hombre, un incrédulo imperturbable ante la necesidad de la mujer,
dijo sarcásticamente: "Escriba su oración en un trozo de papel, y le
daré su peso en artículos de alimentación". Para su sorpresa, ella
sacó una nota doblada del bolsillo, y se la dio. "Ya la escribí
anoche, mientras estaba junto a la cama de mi hijo enfermo", contestó
de inmediato. El comerciante sin dignarse al menos leerla, la puso al
instante en un platillo de sus anticuadas balanzas.

"Bueno, veremos para cuánta comida vale", refunfuñó. Para sobresalto
suyo, no sucedió nada cuando puso una hogaza de pan en el otro
platillo. Pero se inquietó más todavía cuando añadió otros artículos y
seguía sin suceder nada. Finalmente dijo malhumorado: "Bueno, ya no
cabe más, de todas maneras. Aquí tiene la bolsa. Tendrá que ponerse
las cosas usted misma. ¡Estoy ocupado!". Con un sollozante “Gracias",
la mujer salió feliz.

El almacenero descubrió poco después que tenía las balanzas dañadas.
Con el paso de los años, seguía preguntándose si aquello había sido
una mera coincidencia. ¿Por qué la mujer tenía la oración ya escrita
antes de que él se la pidiera? ¿Cómo es que vino justo en el momento
en que el mecanismo se había roto?
Siempre que mira a aquella hoja de papel con su petición, se asombra,
porque así está escrito: "Por favor, amado Señor, ¡danos hoy nuestro
pan de cada día!"

Billetes falsos

El Gobierno de los Estados Unidos no le enseña a los agentes del
Ministerio de Hacienda a detectar billetes falsos mediante el estudio
cuidadoso de un sinnúmero de billetes falsificados. Al contrario, les
muestra una y otra vez los billetes genuinos hasta que retengan en su
memoria el diseño en sus menores detalles. Entonces, cuando un billete
falsificado es colocado delante de ellos, lo reconocen al instante
porque no está de acuerdo con el diseño que sus ojos buscan.
Hermano/a, ¿conoces la voz del Señor? La única manera que puedes saber
si la palabra que lees o escuchas es la de Dios, es leerla o
escucharla con tanta frecuencia que, cuando leas o escuches una
palabra extraña, la puedas reconocer de inmediato. Es mil veces más
sabio dedicar tiempo para aprender la única palabra verdadera que
tratar de aprender a detectar una multitud de palabras o voces falsas.

Ante la naturaleza

Padre, tú has creado este universo para que me ayude a conocerte mejor
y a amarte mejor. Cada rayo de luz, cada flor, cada nuevo paisaje a la
vuelta del camino es un mensajero oportuno que me invita, por senderos
fáciles, a subir hasta ti.
El rocío de la noche y el gallo que canta por la mañana, el viento que
murmura al pasar y el pan sobre la mesa, todo me habla de tu bondad.
Pero me falta la atención del corazón para encontrarte en todas las
cosas. Consérvame un alma vibrante, entusiasta, un alma joven, que no
se canse de leer el poema de la Naturaleza. Ayúdame a encontrar bajo
los colores y los sonidos tu pensamiento divino, como el lector
encuentra, bajo las letras del libro, el pensamiento del autor.
¡Que la Naturaleza sea para mí un templo grandioso, donde cada detalle
me revele tu gloria, tu poder y tu bondad!

Una simple apertura de mano

Conocedor de cuánto les gustan las cerezas a los monos, un cazador
inventó un sencillo método para cazarlos. Colocó una en el interior de
un frasco de vidrio y lo dejó abierto en la selva. Cuando llegó el
primer mono, metió la mano en el recipiente, decidido a atrapar el
apetitoso fruto. Instintivamente, cerró el puño con firmeza y observó,
con inesperada tristeza, que no podría lograr su objetivo con su
preciso manotazo.
La mano había quedado atascada por la boca del frasco, aunque con el
fruto alcanzado. El cazador se acercó rápidamente al mono, lo ató, le
dio un fuerte y preciso golpe en el codo y logró sacar la mano con la
cereza, preparada e intacta para una nueva víctima golosa.
A veces en la vida nos ocurre algo muy similar: Por no soltar algunos
apegos queridos, quedamos anclados al dolor, debilitados y vulnerables
ante cualquier mínimo temporal devastador. Una simple apertura de
mano, un soltar oportuno, puede hacernos percibir y lograr nuevos
objetivos, mucho más importantes que el inicial y rutinario...

sábado, 2 de febrero de 2013

Compartir Nº 134
¿Algún día almorzaste con Dios?

Un niño quería conocer a Dios. Sabía que era un largo viaje hasta
donde Dios vive, así que puso en su bolso unos pastelitos fritos y
varias botellas de gaseosas. Y comenzó su caminata.

Cuando había caminado como diez cuadras, se encontró con una mujer
anciana. Ella estaba sentada en un parque, contemplando algunas
palomas. El niño se sentó junto a ella y abrió su bolso. Estaba a
punto de beber una gaseosa, cuando notó que la anciana parecía
hambrienta, así que le ofreció un pastelito. Ella, agradecida, aceptó
el obsequio y sonrió al niño. Su sonrisa era tan bella que el niño
quería seguir viéndola  así y le ofreció una de sus gaseosas. De
nuevo, ella le sonrió. ¡El niño estaba encantado!

Él se quedó toda la tarde comiendo y sonriendo, pero ninguno de los
dos pronunció ninguna palabra. Mientras oscurecía, el niño se sintió
cansado, se levantó para irse, pero antes de seguir, dio vuelta atrás,
corrió hacia la anciana, y le dio un abrazo. Ella, después de
abrazarlo, le dio la más grande sonrisa de su vida.
Cuando el niño llegó a su casa, abrió la puerta. Su madre estaba
sorprendida por la cara de felicidad. Entonces le preguntó: "Hijo,
¿qué hiciste hoy que te hizo tan feliz?” El niño contestó: "¡Hoy
almorcé con Dios!"..., y antes de que su madre contestara algo,
añadió: "Y, ¿sabes que?, ¡tiene la sonrisa más hermosa que he visto!"

Mientras tanto, por otra parte la anciana también, radiante de
felicidad, regresó a su casa. Su hijo quedó sorprendido por la
expresión de paz en su rostro, y preguntó: "Mamá, ¿Qué hiciste hoy,
que te has puesto tan feliz?". La anciana contestó: "¡Comí pastelitos
con Dios en el parque!". Y antes de que su hijo respondiera, añadió: "
Y, ¿sabes?, ¡es más joven de lo que yo pensaba!".

Muchas veces, no le damos importancia al valor de un abrazo, de una
palmada en la espalda, de una sonrisa, de una palabra de aliento, o un
oído que te escucha, o el acto más pequeño de caridad..., todos esos
detalles, que tienen el poder maravilloso de cambiarte la vida, o de
darle un gran giro. Las personas llegan a nuestra vida por alguna
razón, ya sea por una temporada, o por toda la vida. ¡Recíbelos a
todos con igual respeto y cariño! No dejes que nada ni nadie apague la
vela de la fe, de la esperanza y el amor, que Dios ha encendido en tu
corazón.

Comparte tus dones

Si tienes un regalo, no lo ocultes.
Si tienes una canción, cántala.
Si tienes talento, ejercítalo
Si tienes amor, bríndalo.
Si tienes tristeza, sopórtala.
Si tienes felicidad, compártela.
Si tienes religión, vive y obra según ella.
Si tienes una oración, dila a los cielos.
Si tienes una palabra dulce, no la retengas.
Porque: todos tenemos regalos que podemos dar.
Todos tenemos canciones que podemos cantar.
Todos tenemos palabras melodiosas que podemos decir.
Todos tenemos plegarias que podemos orar.
Todos tenemos amor y alegría que podemos dar.
Todos tenemos una vida feliz por vivir.
Repartamos por el mundo lo que Dios nos dio para compartir.

El sol y el viento

El sol y el viento discutían sobre cuál de los dos era más fuerte. La
discusión fue larga, porque ninguno de los dos quería ceder. Viendo
que por el camino avanzaba un  hombre, acordaron en probar sus fuerzas
desarrollándolas contra él. - Vas a ver - dijo el viento- cómo con
sólo echarme sobre ese hombre, desgarro sus vestiduras. Y comenzó a
soplar cuanto podía. Pero cuantos más esfuerzos hacía, el hombre más
oprimía su capa, gruñendo contra el viento, y seguía caminando. El
viento encolerizado, descargó lluvia y nieve, pero el hombre no se
detuvo y más cerraba su capa.
Comprendió el viento que no era posible arrancarle la capa. Sonrió el
Sol mostrándose entre dos nubes, recalentó la tierra y el pobre
hombre, que se regocijaba con aquel dulce calor, se quitó la capa y se
la puso sobre el hombro. -Ya ves- le dijo el Sol al Viento- cómo con
la bondad se consigue más que con la violencia.

Los seres humanos deberíamos pensar profundamente acerca de nuestras
acciones. Utiliza-mos la violencia, la ironía, la agresividad, la
sorna y la burla para tratar de lograr nuestros objetivos. Pero no nos
damos cuenta de que, la mayoría de las veces, con esos métodos, es más
difícil alcanzarlos. Siempre una sonrisa puede lograr mucho más que el
más fuerte de los gritos. Y basta con ponerse por un momento en el
lugar de los demás para comprobarlo. ¿Preferimos una sonrisa o un
insulto? ¿Preferimos una caricia  o una bofetada? ¿Preferimos una
palabra tierna o una sonrisa irónica? Pensemos que los demás
seguramente prefieren lo mismo que nosotros. Entonces tratemos a
nuestros semejantes de la misma manera en la que nos gustaría ser
tratados. Así veremos que todo será mejor. Que el mundo será mejor.
Que la vida será mejor.

Amabilidad

¡Qué fácilmente creemos que nos faltan nuestros prójimos, que no nos
estiman, que no nos quieren! Basta ver el rostro de un amigo un poco
más sombrío que de costumbre para persuadirnos de su indiferencia o de
su frialdad. O bien uno ha dicho a la ligera una palabra que nos ha
disgustado, acaso un imprudente nos recordó palabras proferidas contra
nosotros, y de todas estas tonterías hacemos una montaña. Como triste
consecuencia queda una amistad turbada y quizás perdida por algo que
no mereció la pena haberlo tenido en cuenta.
Sé indulgente. Olvida las pequeñas penas que te hayan podido causar;
no conserves ningún resentimiento por las palabras inconsideradas o
desfavorables que se han dicho contra ti; excusa los descuidos, las
ligerezas de las cuales eres víctima; juzga siempre de buena intención
a aquellos que te hayan hecho algún agravio, en fin, muestra un
semblante amable en todas las ocasiones. De esta manera estarás en paz
con tu prójimo y practicarás de modo excelente la caridad cristiana,
que es imposible practicar sin una indulgencia en todos los instantes.
“El fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad,
afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y dominio de sí mismo”
(Gálatas 5, 22-23).

La sopa de piedra

Una vez llegó a un pueblo un hombre y pidió por las casas para comer,
pero la gente le decía que no tenían nada para darle. Al ver que no
conseguía su objetivo, cambió de estrategia. Llamó a la casa de una
mujer para que le diese algo de comer.

— Buenas tardes, Señora. ¿Me da algo para comer, por favor? — Lo
siento, pero en este momento no tengo nada en casa, dijo ella. — No se
preocupe - dijo amablemente el extraño- tengo una piedra en mi mochila
con la que podría hacer una sopa. Si usted me permitiera ponerla en
una olla de agua hirviendo, yo haría la mejor sopa del mundo. — ¿Con
una piedra va a hacer usted una sopa? ¡Me está tomando el pelo! — En
absoluto, señora, se lo prometo. Tráigame una olla bien grande, por
favor, y se lo demostraré.

La mujer buscó la olla más grande y la colocó en mitad de la plaza. El
extraño preparó el fuego y colocaron la olla con agua. Cuando el agua
empezó a hervir ya estaba todo el vecindario en torno a aquel extraño
que, tras dejar caer la piedra en el agua, probó una cucharada
exclamando: — ¡Deliciosa! Lo único que necesita son unas papas.
Una mujer se ofreció de inmediato para traerlas de su casa. El hombre
probó de nuevo la sopa, que ya estaba más gustosa, pero dijo que le
faltaba un poco de carne.
Otra mujer voluntaria corrió a su casa a buscarla. Y con el mismo
entusiasmo y curiosidad se repitió la escena al pedir unas verduras y
sal. Por fin pidió: — ¡Platos para todo el mundo!

La gente fue a sus casas a buscarlos y hasta trajeron pan y frutas.
Luego se sentaron todos a disfrutar de la espléndida comida,
sintiéndose extrañamente felices de compartir, por primera vez, su
comida.
Y aquel hombre extraño desapareció dejándoles la milagrosa piedra, que
podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del
mundo.

Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero
no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos.
Martin Luther King

martes, 1 de enero de 2013

Compartir Nº 133


Soñé que tenía una entrevista con Dios

"¿Te gustaría entrevistarme?", Dios preguntó. "Si tienes tiempo", le dije.
Dios sonrió. "Mi tiempo es eterno, ¿qué quieres peguntarme?".
"¿Qué opinas de mi?", pregunté. Y Dios me respondió: "Estás tan
ansioso por el futuro que olvidas el presente; vives la vida sin
presente y como si nunca fueses a morir, y mueres como si nunca
hubieses vivido.". "Tienes prisa de que tus niños crezcan, y tan
pronto crecen, quieres que sean niños de nuevo". “Pierdes tu salud
para hacer dinero y luego gastas tu dinero para recobrar la salud".

Las manos de Dios tomaron las mías y estuvo en silencio por un rato y
entonces le pregunté:"Padre, dime, ¿qué lecciones deseas que yo
aprenda?". Dios respondió con una sonrisa: “Que aprendas que no puedes
hacer que todos te amen y lo que puedes hacer es amar a todos los
demás. Que aprendas que lo más valioso no es lo que tengas en la vida,
sino que tienes vida. Que aprendas que no es bueno compararte con los
demás.

Que aprendas que una persona rica no es la que tiene más, sino la que
necesita menos. Que aprendas que únicamente bastan unos segundos para
herir profundamente a una persona que amas, y que pueden necesitarse
muchos años para cicatrizar la herida. Que perdonar se aprende
perdonando. Que aprendas que hay personas que te aman entrañablemente,
y que muchas veces no saben cómo expresarlo.

Que aprendas que dos personas pueden mirar la misma cosa y las dos
percibir algo diferente. Que perdonar a los otros no es fácil, y que
perdonarse a si mismo es el primer paso, para lograrlo.  Y que
aprendas que Yo siempre estoy aquí para ti... en el Sagrario.
¡Siempre!”.

El loro muerto

El loro llenaba en la corte tres empleos: anunciaba la visita de los
altos personajes, tenía el encargo de recrear a Su Excelencia en sus
momentos de ocio con cuentos amenos y de atajar a los solicitantes con
el grito consagrado: «¡No hay vacante!».
Y como es justo, teniendo tres empleos, cobraba tres sueldos, como
quien dice nada. Murió, y pocas horas después del triste
acontecimiento, estaban conversando el chajá, la urraca y el
bien-te-veo, ponderando a cual más las cualidades del finado: -¡Pobre
señor loro!, decía uno con aflicción. -¡Qué muerte tan repentina-,
contestó otro tristemente!
-¡Es un gran vacío!, observó el tercero compungido. -¡Y una gran
vacante!, murmuró la urraca. Y el chajá se sonrió y también el
bien-te-veo, y los tres, mirándose con ojos de candidato: ¡Qué vacante
linda, che!, susurraron los tres. Godofredo Daireaux.

Ante el fuego del campamento

Señor, mira la llama que se eleva. Primeramente era débil y tímida.
Después, animándose, la he visto crecer, encarnizarse en su presa,
subir, saltar, y abrirse camino, por fin, maravillosa y triunfal. ¡Qué
ardiente es y qué bienhechora, cuando reparte a su alrededor luz y
calor!
Señor, tu dijiste a tus discípulos: “¡Fuego he venido a traer a la
tierra, y quiero que se incendie!” Señor, repíteme a mí que no se
puede ser tu discípulo si no se tiene llama, si no se tiene ardor.
Señor, yo quiero ser como esa llama, contagioso y conquistador; quiero
ser como ella, avanzar y subir siempre, infatigable y gozoso.
Quiero arrojar en tu corazón ardiente, cada hora de cada día, cada una
de mis obras: mis horas de trabajo y mis horas de descanso, mis horas
de juego y mis horas de oración, para que toda mi vida quede abrasada
en tu amor. Quiero con tu gracia realizar sencillamente lo que pedías
a tus discípulos: ¡ser llama ardiente!

El herrero y su perro

Un herrero tenía un pequeño perro, que era el gran favorito de su amo,
su compañero constante. Mientras él martilleaba sus metales el perro
permanecía dormido; pero cuando, a mediodía el herrero iba a almorzar
y comenzaba a comer, el perro se despertaba y meneaba su cola, como
pidiendo una parte de su comida.
Su amo un día, fingiendo estar enojado y golpeándolo suavemente con
su palo, le dijo:
—A usted pequeño holgazán desvergonzado, ¿qué le haré? Mientras
martillo en el yunque, usted duerme en la estera; y cuando me siento a
comer después de mi duro trabajo, usted se despierta y menea su cola
pidiendo el alimento. ¿No sabe usted que el trabajo es fuente de toda
bendición, y que ninguno, sólo aquellos que trabajan tienen derecho a
comer?

 Sin embargo, después de esta reprensión le daba una buena ración de carne.

Dios lo sabe
En todo lo que te pase, recuerda que Dios lo sabe, y estarás
tranquilo. Porque Dios quiere tu bien y no se complace en
mortificarte. Nada te podrá quitar la paz del alma, si brilla en tu
memoria, esto: Dios lo sabe.
Cualquier cosa que suceda, si las cosas te salen bien, si te salen
mal, es decir contrarias a tus deseos. Dios lo sabe, cálmate, no
pierdas la tranquilidad. Si sufres, en el alma o en el cuerpo... Dios
lo sabe. No lo sabrán los hombres; pero Dios ve tus aflicciones. Él
oye los apresurados latidos de tu corazón. Él, que es la bondad
misma...
Luego, todo es para tu bien. Aprovéchate de todo, porque Dios lo
sabe... Martin Luther King


lunes, 3 de diciembre de 2012

Compartir  Nº 132


Regalos sin la envoltura esperada
Un joven muchacho que estaba a punto de graduarse, hacía muchos meses
que admiraba un hermoso auto deportivo en una agencia de autos y,
sabiendo que su padre podría comprárselo, le dijo que eso era todo lo
que él quería.

Llegó el día de la graduación, y su padre lo llamó a su oficina. Le
dijo lo orgulloso que se sentía de tener un hijo tan bueno y lo mucho
que lo amaba. El padre tenía en sus manos una hermosa caja de regalo.
Curioso y de algún modo decepcionado, el joven abrió la caja y lo que
encontró fue una hermosa Biblia con cubierta de piel y con su nombre
escrito con letras de oro. Enojado le gritó a su padre diciendo: "Todo
el dinero que tienes y ¡sólo me das esta Biblia!" Y salió de la casa.

Pasaron muchos años y el joven se convirtió en un exitoso hombre de
negocios. Tenia una hermosa casa y una bonita familia, pero cuando
supo que su padre, que ya era anciano, estaba enfermo, pensó en
visitarlo. No lo había vuelto a ver desde el día de su graduación.

Antes de que pudiera partir a verlo, recibió un telegrama donde decía
que su padre había muerto y le había heredado todas sus posesiones,
por lo que necesitaba urgentemente ir a la casa de su padre para
arreglar todos los trámites de inmediato. Cuando llegó a la casa de su
padre, su corazón se llenó de una gran tristeza y arrepentimiento.
Empezó a ver todos los documentos importantes que su padre tenía y
encontró la Biblia que en aquella ocasión su padre le había dado.

Con lágrimas la abrió y empezó a hojear sus páginas. Su padre
cuidadosamente había subrayado un versículo en Mateo. 7, 11: "Pues si
ustedes siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más
vuestro Padre Celestial les dará aquello que le pidan?". Mientras leía
esas palabras, unas llaves de auto cayeron de la Biblia. Tenía una
tarjeta de la agencia de autos donde había visto ese auto deportivo
que tanto deseaba. En la tarjeta estaba la fecha del día de su
graduación y las palabras: Totalmente pagado.

¿Cuántas veces hemos rechazado y perdido las bendiciones de Dios
porque no venían    envueltas  como nosotros siempre esperábamos?

¡Es verdad!
Nos convencemos a nosotros mismos de que la vida será mejor después de
terminar la escuela, después de casarnos, después de tener un hijo, y
entonces después de tener otro, y luego nos sentimos frustrados de que
los hijos no son lo suficientemente grandes y que seremos más felices
cuando lo sean.
Después de eso nos frustramos porque son adolescentes y que
seguramente seremos más felices cuando salgan de esta etapa. Nos
decimos que nuestra vida estará completa cuando a nuestro esposo le
vaya mejor, cuando tengamos un mejor coche o una mejor casa, cuando
nos podamos ir de vacaciones, cuando estemos retirados. La verdad es
que no hay mejor momento para ser felices que ahora. Si no es ahora,
¿Cuándo?

Tu vida siempre estará llena de retos. Es mejor admitirlo y decidir
ser felices de todas formas. Siempre esperamos largo tiempo para
comenzar a vivir la vida de verdad, siempre habrá algún obstáculo en
el camino, algo que resolver primero, algún asunto sin terminar,
tiempo por pasar, una deuda que pagar y no nos damos cuenta de que
todos estos obstáculos son parte de la vida. Esta perspectiva nos deja
ver que no hay un camino a la felicidad.

La felicidad es el camino. Así que atesora cada momento que tienes y
atesóralo más cuando lo compartas con alguien especial, lo
suficientemente especial para compartir tu tiempo, y recuerda que el
tiempo no espera por nadie... Así que deja de esperar hasta que tengas
más dinero, hasta que bajes 10 kilos, hasta que tengas hijos, hasta
que tus hijos se vayan de casa, hasta que te cases, hasta el viernes
por la noche, hasta el domingo por la mañana, hasta la primavera, el
verano, el otoño, el invierno, o hasta que mueras, para decidir que no
hay mejor momento que éste para ser feliz...

El bordado de mamá
Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca
de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que
estaba bordando. Siendo yo pequeño, observaba el trabajo de mi mamá
desde abajo, por eso siempre me quejaba diciéndole que solo veía hilos
feos. Ella se sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía:
—Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te
pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde arriba.  Me preguntaba
por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y porqué me
parecían tan desordenados desde donde yo estaba.  Más tarde escuchaba
la voz de mamá diciéndome: —Hijo, ven y siéntate en mi regazo.  Yo lo
hacía de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver una hermosa
flor o un bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo
solo veía hilos enredados. Entonces mi mamá me decía: —Hijo mío, desde
abajo se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que
había un plan arriba. Yo tenía un hermoso diseño. Ahora míralo desde
mi posición, qué bello.
Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he dicho:
—Padre, ¿qué estás haciendo?  Él responde: —Estoy bordando tu vida.
Entonces yo le replico: —Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los
hilos parecen tan oscuros, ¿porqué no son más brillantes? El Padre
parecía decirme: —Mi niño, ocúpate de tu trabajo confiando en mí  y un
día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y verás el plan
desde mi posición. Entonces entenderás...

Los juicios humanos
Había una vez un matrimonio con un hijo de doce años que tenían un
burro. Decidieron viajar, trabajar y conocer el mundo. Así, al pasar
por el primer pueblo, la gente comentaba: "¡Mira ese chico mal
educado! ¡Él arriba del burro y los pobres padres, ya grandes,
llevándolo de las riendas!"..
Entonces, la mujer le dijo a su esposo: "No permitamos que la gente
hable mal del niño. "El esposo lo bajó y se subió él. Al llegar al
segundo pueblo, la gente murmuraba: "¡Mira qué sinvergüenza es ese
tipo! ¡Deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras
él va muy cómodo encima!".
Entonces, tomaron la decisión de subirla a ella al burro mientras
padre e hijo tiraban de las riendas. Al pasar por el tercer pueblo, la
gente comentaba: "¡Pobre hombre! Después de trabajar todo el día, debe
llevar a la mujer sobre el burro! ¿Y el pobre hijo? ¡Qué le espera con
esa madre!".
Se pusieron de acuerdo y decidieron subir al burro los tres para
comenzar nuevamente su peregrinaje. Al llegar al pueblo siguiente,
escucharon que los habitantes decían: "¡Son unas bestias, más bestias
que el burro que los lleva, van a partirle el espinazo!".
Por último, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro. Pero
al pasar por el pueblo siguiente no podían creer lo que las voces
decían sonrientes: "¡Mira a esos tres idiotas: caminan, cuando tienen
un burro que podría llevarlos!".

jueves, 1 de noviembre de 2012

Compartir Nº 131,  noviembre 2012

¿Cómo encontrar a Dios?

La primera vez que ví a Tomás, fue cuando se iniciaba nuestro curso de
Teología de la Fe. Tenía larga cabellera rubia que se peinaba mientras
cami¬naba y un aspecto extraño que me dio mala espina. Efectivamente,
Tomás resul¬tó ser el "ateo residente" en mi curso. Objetaba de
continuo la existencia de Dios y se burlaba de todo lo referente a Él.
Al terminar el curso se acercó a mí y me dijo en tono cínico: “¿Cree
usted que alguna vez encontra¬ré a Dios?”. “No”, le respondí con
firmeza... ”¡Cómo!, ¿Que no es el producto que representa?”. “Veo muy
difícil que tú lo encuen¬tres, Tomás, pero El te encon¬trará a ti”. Se
sorprendió de mi comentario, se alzó de hombros y se fue. Luego supe
que se gra¬duó y me alegré por él.

Pasado algún tiempo me sor¬prendió verlo entrar en mi ofi¬cina y lo

saludé diciéndole el gusto que me daba verlo y en¬tonces me di cuenta
que algo malo le pasaba pues su aspecto era el de un enfermo, su rubio
cabello se le estaba cayendo, pero sus ojos eran brillantes y su voz
firme. "¿Qué te pasa?", -le pregun¬té-, "Tengo cáncer", me respon¬dió,
“y no tengo remedio, ¡no sabe lo que se siente tener 24 años y saber
que me voy a morir! Sin embargo -dijo-, podría ser peor. “¿Cómo peor?”
-pregunté-. “Podría ser un cincuentón sin valores ni ideales o pensar
que emborra¬charme, seducir mujeres o te¬ner mucho dinero es lo que
cuenta”.
Otra vez me sorprendí y agregó: “La verdad es que he ve¬nido a verlo a
usted porque me acordé lo que me dijo el último día de clases, cuando
le pregun¬té si algún día encontraría a Dios y usted me contestó que
no, lo cual me dejó perplejo, y des¬pués agregó que El me encon¬traría
a mí. Pensé en eso mu¬chas veces aunque mi Fe en aquellos días era
nula. Pero cuando me dijeron los médicos que tenía un mal incurable
em¬pecé a buscar a Dios deses¬peradamente pero como usted me dijo no
lo pude encontrar”.

“Decidí pasar el tiempo que me quedaba haciendo algo de provecho y me

acordé de algo que le oí decir a usted en clase. La tristeza,
esencialmente, con¬siste en ir por la vida SIN AMAR. Así que empecé
con el ser más difícil, mi padre. Él es¬taba leyendo el periódico y me
le acerqué y le dije: "papá, quie¬ro hablar contigo", él bajó
len¬tamente el periódico y yo le dije: "Te quiero papá, sólo quería
que lo supieras". El periódico cayó al suelo en desorden y mi papá
hizo dos cosas que yo nunca le había visto hacer, me abrazó y lloró y
pasamos mucho tiempo hablando.

“No me costó mucho trabajo hacer lo mismo con mi mamá y mi hermano, lo

único que lamento es no haberlo he¬cho antes, apenas empezaba a
abrirme a todos los demás y lue¬go un día miré y Dios estaba ahí, en
el amor que prodigaba a los demás. Él me encontró pese a que yo había
dejado de buscar¬lo. "Tomás", le dije, "creo que estás diciendo una
verdad universal, estás diciendo que la manera más fácil de hallar a
Dios es abriéndose al Amor". "Tomás, ¿puedo pedirte un favor? ¿Podrías
repetir todo esto a mis alumnos?".

Fijamos una fecha, pero Tomás no pudo asistir, tenía una cita más

impor¬tante, había dado un gran paso: de la Fe a la Visión, encontró
una vida mucho más hermosa que la perceptible por el ojo hu¬mano.
Antes de morir Tomás me llamó por teléfono y me dijo: "Padre, no podré
hablar con sus alumnos...".. "Lo sé", le dije. "¿Se lo dirá a ellos de
mi parte? ¿Se lo dirá a todo el mundo de mi parte?". "Sí, Tomás, se lo
diré... se lo diré...".

Decisiones en invierno

Recuerdo un invierno en que mi padre necesitaba leña, así que buscó un
árbol muerto, y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio, alarmado,
que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos.

Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había

perdido todas las hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las
ramas se quebraban, y caían, como si no le quedara al viejo tronco ni
una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún  alentaba la vida en
aquel tronco".

Y volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides esta importante

lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión
negativa en tiempo adverso, o cuando estés molesto. Nunca tomes las
más importantes decisiones, cuando estás en tu peor estado de ánimo.
Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera
volverá".

Refinados como la plata

Hace ya tiempo un grupo de señoras se reunieron en cierta ciudad para
estudiar la Biblia. Mientras leían el tercer capítulo de Malaquías,
encontraron una expresión notable en el tercer versículo que decía:
"El purificará... y los refinará como se hace con la plata" (Mal. 3,3)
Una de las señoras se propuso visitar a un platero y referir a las
demás lo que él dijera sobre el tema. Ella fue y sin decir el objetivo
de su interés, pidió al platero que le hablara sobre el modo de
refinar la plata. Después que el platero describió el proceso, ella le
preguntó: "Señor, ¿usted se sienta mientras que está refinado la
plata?". "Oh, sí señora", contestó el platero; "debo sentarme con el
ojo fijo constantemente en el horno, porque si el tiempo necesario
para la refinación se excede en el grado más leve, la plata quedará
dañada".

La señora inmediatamente vio la belleza y el consuelo de la expresión:

"Él purificará... y los refinará como se hace con la plata". Dios ve
necesario poner a sus hijos en un horno, su ojo está constantemente
atento al proceso de purificación, y su sabiduría y amor obran juntos
de la mejor manera para nosotros. Nuestras pruebas no vienen al azar,
y Él no nos dejará ser probados más allá de lo que podemos
sobrellevar. La señora hizo una pregunta final: "¿Cuándo sabe que el
proceso está terminado?". "Pues es muy sencillo", contestó el platero,
"Cuando puedo ver mi propia imagen en la plata, se acaba el proceso de
refinación".

Se busca gente…

Que saque a pasear a sus niños, con el mismo entusiasmo que saca a
pasear a sus perros. Gente que les hable a sus vecinos, como le habla
a sus plantas diariamente. Gente que le sonría a los demás, como le
sonríe todas las noches al televisor. Gente que preste tanta atención
a los que lo rodean, como hace con su computadora.

Se busca gente que esboce una sonrisa, cuando pueda mirar. Gente que

salude, cuando alguien se aproxima. Gente que escuche la naturaleza,
como si intentara escucharse a sí mismo, o a la radio con los
audífonos que le mantiene ajeno a lo cotidiano. Gente que adore, mime
y cuide a su familia como adora, mima y cuida a su auto, sus aparatos
eléctricos o sus mascotas.

Se busca gente que esté siempre dispuesta a colaborar, como siempre

está dispuesta a contestar su celular. Gente que cuando se mire en el
espejo, mire mas allá y se mire el alma, no el armario que lleva
encima. Gente que cuando hable, proponga, no que disponga ni sea
conflictivo.  En fin, se busca gente que sea más humana.

sábado, 6 de octubre de 2012

Compartir Nº 130,  octubre 2012
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA – Argentina


Aprovecha la oportunidad

Dos amigas se encontraban tomando un café, y una le comenta en tono de
queja a la otra:
— Mi mamá me llama mucho por teléfono, para pedirme que vaya a
conversar con ella. Yo voy poco, y en ocasiones siento que me molesta
su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan las mismas
cosas una y otra vez. Además, nunca me faltan compromisos, que el
trabajo, que mi novio, que los amigos...
— Yo en cambio... - le dijo su compañera - hablo mucho con mi mamá.
Cada vez que estoy triste, voy con ella; cuando me siento sola, cuando
tengo un problema y necesito fortaleza, acudo a ella y me siento
mejor.
— Caramba...- se apenó la otra -. Eres mejor que yo.
— No lo creas, soy igual que tú -respondió la amiga con tristeza-
visito a mi mamá en el cementerio. Murió hace tiempo, pero mientras
estuvo conmigo, tampoco yo iba a conversar con ella, y pensaba lo
mismo que tú. No sabes cuánta falta me hace su presencia, cuánto la
hecho de menos, y cuánto la busco, ahora que ha partido. Si de algo te
sirve mi experiencia, habla con tu mamá hoy que todavía la tienes,
valora su presencia resaltando sus virtudes, que seguro las tiene, y
trata de hacer a un lado sus errores, que de una forma u otra ya
forman parte de su ser. No esperes a que esté en un panteón, porque
ahí la reflexión duele hasta el fondo del alma, porque entiendes que
ya nunca podrás hacer lo que dejaste pendiente, será un hueco que
nunca podrás llenar. No permitas que te pase lo que me pasó a mí.

En el automóvil, iba pensando la muchacha en las palabras de su amiga.

Cuando llegó a la oficina, dijo a su secretaria: — Comuníqueme por
favor con mi mamá; no me pase más llamadas y también modifique mi
agenda, porque es muy probable que este día se lo dedique a ella.

Por desgracia, no siempre nos damos cuenta del cariño o la amistad que

otras personas nos ofrecen, y en ocasiones lo perdemos porque no
sabíamos qué importante era hasta que ya no nos pertenece. Echa una
mirada retrospectiva a tu vida, y dale la dimensión correcta a las
personas que ahora te rodean... probablemente sea tu última
oportunidad.

Los obstáculos en nuestro camino

Hace mucho tiempo, un rey  colocó una gran roca obstaculizando un
camino. Entonces se escondió y miró para ver si al­guien quitaba la
tremenda roca. Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y
cortesanos vinieron y simplemente le dieron una vuelta. Muchos
culparon al rey ruidosamente de no mantener los caminos despejados,
pero ninguno hizo algo para sacar la piedra grande del camino.
Entonces un campesino vino, y llevaba una carga de verduras. Al
aproximarse a la roca, el campesino puso su carga en el piso y trató
de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y fatigarse
mucho, lo logró. Mientras recogía su carga de vegetales, notó una
cartera en el suelo, justo donde había estado la roca. La cartera
contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey indicando que
el oro era para la persona que removiera la piedra del camino. El
campesino aprendió lo que los otros nunca entendieron; cada obstáculo
representa una oportunidad para mejorar la condición de uno.

Desde el Cielo

Si tú me amas... no llores.
Si conocieras el misterio insondable del Cielo donde me encuentro...
Si pudieras ver y sentir lo que veo y siento en estos horizontes sin
fin y en esta luz que todo alcanza y penetra, tú jamás llorarías por
mí.

Estoy ahora absorto por el encanto de Dios y por sus expresiones de

infinita belleza. En confrontación con esta nueva vida, las cosas del
pasado son pequeñas e insignificantes.
Conservo aún todo mi afecto por tí y una ternura que jamás te pude en
verdad revelar.
Nos amamos eternamente en vida, pero todo era entonces muy fugaz y limitado.

Vivo en la serena expectativa de tu llegada un día... Entre

nosotros... piensa en mí así.
En tus luchas... piensa en esta maravillosa morada donde no existe la
muerte y donde estoy junto a la fuente inagotable de la alegría y del
amor.
Si verdaderamente me amas., no llores por mí… ¡Estoy en paz!

¡Me gusta la gente!

Me gusta la gente con la cabeza en su lugar, que sea espiritual, con
idealismo en los ojos y los pies en la realidad... Me gusta la gente
que ríe, llora, se emociona con una simple carta, un llamado, una
canción suave, una buena película, un buen libro, un gesto de cariño,
un abrazo. Gente que ama y tiene nostalgias; le gustan los amigos,
cultiva flores, ama los animales, admira paisajes, la poesía y sabe
escuchar.

Gente que tiene tiempo para sonreír, pedir perdón, repartir ternuras,

compartir vivencias y tiene espacio para las emociones dentro de sí,
emociones que fluyen naturalmente de adentro de su ser. Gente que le
gusta hacer las cosas que le gustan, sin huir de compromisos
difíciles, por más desgastantes que sean. Gente que ayuda, orienta,
entiende, aconseja, busca la verdad y siempre quiere aprender, aunque
sea de un niño, de un pobre, de un analfabeto...

Gente de corazón desarmado, sin odio y preconceptos baratos, con mucho

amor dentro de sí. Gente que se equivoca y lo reconoce, cae y se
levanta, asimila los golpes, tomando lecciones de los errores, y
haciendo redimir sus lágrimas y sufrimientos... ¡Sí! me gusta mucho la
gente así. ¡Como tú!

Para las madres en su día

Siempre ten presente que: la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
los días se convierten en años..., pero lo importante no cambia; tu
fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de
cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada
logro, hay otro desafío. Mientras estés viva, siéntete viva. Si
extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo. No vivas de fotos
amarillas... Sigue adelante aunque todos esperen que abandones tu
objeti­vo. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto. Cuando por los años no
puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina; cuando no
puedas caminar, usa el bastón. Pero, ¡nunca te detengas!  Madre Teresa
de Calcuta

martes, 4 de septiembre de 2012

Compartir Nº 129
 
Extraña curación de un drogadicto
El 20 de diciembre del 2000 Juan Pablo II aprobaba el milagro
atribuido a Juan Diego, el indio mejicano testigo de las apariciones
de la Virgen de Guadalupe en 1531. El hecho ocurrió el 6 de mayo de
1990 mientras el Papa beatificaba a Juan Diego y cambió para siempre
la vida del drogadicto Juan José Barragán Silva.
Tenia entonces Barragán 20 años y era consumidor habitual de marihuana
desde los quince. Aquel día, excitado bajo la influencia de la droga,
se apuñaló en presencia de su madre y se abalanzó hacia el balcón para
lanzarse al vacío. La madre le sujetó por las piernas pero fue inútil:
se deshizo de ella y se arrojó a la calle de cabeza. El balcón estaba
a 10 metros de altura, el joven pesaba 70 kilos, y el ángulo de
impacto de la cabeza con el suelo fue de 70 grados.

Ingresó aún vivo en la unidad de cuidados intensivos del Hospital

Durango de Méjico. Fue tratado por J. H. Hernández Illescas, neurólogo
de fama internacional y por otros dos especialistas que describieron
el caso como «único, sorprendente, inconcebible, científicamente
inexplicable».
Y es que tres días después, de repente y de forma increíble, Barragán
estaba completamente curado. No quedaron secuelas neurológicas ni
psíquicas, ni el más mínimo asomo de minusvalía. Esperanza, madre del
muchacho, dijo que cuando vio que su hijo se lanzaba por la ventana lo
encomendó a Dios y a la Virgen de Guadalupe y dirigiéndose a Juan
Diego le suplicó: «Dame una prueba, ¡salva a mi hijo!».

Juan Diego nació en 1474 y su nombre de pila era Cuauhtlatoatzin hasta

que junto a su mujer fue bautizado por el misionero franciscano Fray
Toribio de Benavente. El 9 de diciembre de 1531 Juan Diego vio a la
Virgen María en el cerro de Tepeyac. Nuestra Señora le habló en su
lengua nativa, el náhuatl, y de forma cariñosa le suplicó dijera al
obispo que levantaran una iglesia en su honor. Según la tradición
fueron cinco las apariciones, la última de las cuales ocurrió el 12 de
diciembre, día en que curó a su tío gravemente enfermo y en que ordenó
que llevara al obispo Zumárraga un ramo de rosas silvestres en su
ayate o tilma. Al desplegar el poncho ante el obispo la imagen hoy
venerada apareció impresa en el tejido.


La Virgen María se aparece a un judío

 El 20 de enero de 1842, en la iglesia de San Andrés “delle Fratte”,
en Roma, el judío de 27 años, Alfonso de Ratisbona, nacido en
Alemania, se convirtió al catolicismo en ese mismo momento. La
Inmaculada Virgen María, la misma de la Medalla Milagrosa, se le
apareció y lo envolvió en la gracia de Dios. Majestuosa y hermosísima,
irradiaba paz. Al verla, cayó de rodillas, comprendió su dulce
expresión de perdón y, a pesar de que la aparición no dijo nada,
sintió el horror del estado en que se encontraba, la deformidad del
pecado, la belleza de la religión católica, en fin, comprendió todo.
Quedó arrodillado, y llorando besó la medalla que tenía en el pecho:
era ella, la misma. Salía de las tinieblas a la luz por la infinita
misericordia de Dios. Una inmensa alegría inundaba su alma. Buscó un
sacerdote. Alfonso de Ratisbona fue bautizado y recibido en la Iglesia
Católica por el Cardenal Patrizi, once días después, el 31 de enero.
Fue ordenado sacerdote en 1847. Y dedicó toda su vida a la conversión
de los judíos.

Una semana antes, en Roma un amigo de infancia, Gustavo de Bussiéres,

le había ofrecido hospitalidad. Teodoro,  hermano de éste, protestante
convertido al catolicismo, le hablaba de las grandezas del
catolicismo, pero Alfonso le respondía con ironías y acusaciones
escuchadas con frecuencia.
—Bueno, le dijo Teodoro, ya que detestas la superstición y profesas
doctrinas muy liberales, ¿tendrías el valor de someterte a una prueba
inocente? —¿Qué prueba? —Que lleves contigo esta medalla de la
Santísima Virgen. Te parecerá ridículo, ¿verdad? Sin embargo, yo doy
un gran valor a esta medalla. A pesar de que le pareció una niñería,
aceptó, pensando en reírse después con su novia. Teodoro insistió en
que debía rezar una breve oración dos veces por día, el famoso
“Acordaos” de san Bernardo. Forzadamente y riéndose aceptó y la copió.
Esa oración se le grabó de tal manera que la repetía con frecuencia y
sin quererlo. La medalla y el dulce “Acordaos” prepararon su
conversión. Pocos días después se le apareció la Virgen María.

Antes de leer la Biblia

Dios, mi Padre bondadoso. Estoy rodeado
de ruidos y voces. Estoy cansado
de escuchar palabras sin verdad,
sin el calor de la intimidad personal,
sin la eficacia del amor comprometido.
Tú, Señor, me hablas con una Palabra nueva.
Por eso quiero escucharte.
Porque tu Palabra me muestra la verdad,
me revela la eficacia de tu amor,
me ofrece la participación en tu misma vida.
Dios, mi Padre, que tu Palabra
se haga carne en mi vida.
Te ofrezco un corazón pobre y abierto.
Siembra en mí tu Palabra,
que tu Espíritu la haga fecunda,
como en el seno de María,
la santísima Virgen y Madre de Jesús.
Y seré en el mundo el eco de tu voz,
la proclamación de tu Evangelio. Amén.

Para sanar ansiedades

Dios mío, mira mis nerviosismos, mi inquietud interior y pacifícame,
Señor, calma mi corazón perturbado, derrama en él tu paz divina. No
dejes que me llene de ansiedades y obsesiones, porque nada de este
mundo vale tanto, nada es divino.
Jesús, cura mi ansiedad con tu mirada paciente. Ayúdame a luchar con
paz y gozo, caminando firme, sereno sin prisas. Quiero trabajar bajo
tu luz, sabiendo que comprendes mis errores y que siempre puedo
empezar de nuevo. Porque tú tienes confianza en mí, me esperas, y
deseas que viva sanamente.
Contigo todo será para bien, aunque yo no pueda verlo. Aplaca mi
interior inquieto, seréname y pacifícame. Amén. (P. Víctor Fernández).
Gracias por tu visita!!!