Compartir Nº 130, octubre 2012
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA – Argentina
Aprovecha la oportunidad
Dos amigas se encontraban tomando un café, y una le comenta en tono de
queja a la otra:
— Mi mamá me llama mucho por teléfono, para pedirme que vaya a
conversar con ella. Yo voy poco, y en ocasiones siento que me molesta
su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan las mismas
cosas una y otra vez. Además, nunca me faltan compromisos, que el
trabajo, que mi novio, que los amigos...
— Yo en cambio... - le dijo su compañera - hablo mucho con mi mamá.
Cada vez que estoy triste, voy con ella; cuando me siento sola, cuando
tengo un problema y necesito fortaleza, acudo a ella y me siento
mejor.
— Caramba...- se apenó la otra -. Eres mejor que yo.
— No lo creas, soy igual que tú -respondió la amiga con tristeza-
visito a mi mamá en el cementerio. Murió hace tiempo, pero mientras
estuvo conmigo, tampoco yo iba a conversar con ella, y pensaba lo
mismo que tú. No sabes cuánta falta me hace su presencia, cuánto la
hecho de menos, y cuánto la busco, ahora que ha partido. Si de algo te
sirve mi experiencia, habla con tu mamá hoy que todavía la tienes,
valora su presencia resaltando sus virtudes, que seguro las tiene, y
trata de hacer a un lado sus errores, que de una forma u otra ya
forman parte de su ser. No esperes a que esté en un panteón, porque
ahí la reflexión duele hasta el fondo del alma, porque entiendes que
ya nunca podrás hacer lo que dejaste pendiente, será un hueco que
nunca podrás llenar. No permitas que te pase lo que me pasó a mí.
En el automóvil, iba pensando la muchacha en las palabras de su amiga.
Cuando llegó a la oficina, dijo a su secretaria: — Comuníqueme por
favor con mi mamá; no me pase más llamadas y también modifique mi
agenda, porque es muy probable que este día se lo dedique a ella.
Por desgracia, no siempre nos damos cuenta del cariño o la amistad que
otras personas nos ofrecen, y en ocasiones lo perdemos porque no
sabíamos qué importante era hasta que ya no nos pertenece. Echa una
mirada retrospectiva a tu vida, y dale la dimensión correcta a las
personas que ahora te rodean... probablemente sea tu última
oportunidad.
Los obstáculos en nuestro camino
Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un
camino. Entonces se escondió y miró para ver si alguien quitaba la
tremenda roca. Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y
cortesanos vinieron y simplemente le dieron una vuelta. Muchos
culparon al rey ruidosamente de no mantener los caminos despejados,
pero ninguno hizo algo para sacar la piedra grande del camino.
Entonces un campesino vino, y llevaba una carga de verduras. Al
aproximarse a la roca, el campesino puso su carga en el piso y trató
de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y fatigarse
mucho, lo logró. Mientras recogía su carga de vegetales, notó una
cartera en el suelo, justo donde había estado la roca. La cartera
contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey indicando que
el oro era para la persona que removiera la piedra del camino. El
campesino aprendió lo que los otros nunca entendieron; cada obstáculo
representa una oportunidad para mejorar la condición de uno.
Desde el Cielo
Si tú me amas... no llores.
Si conocieras el misterio insondable del Cielo donde me encuentro...
Si pudieras ver y sentir lo que veo y siento en estos horizontes sin
fin y en esta luz que todo alcanza y penetra, tú jamás llorarías por
mí.
Estoy ahora absorto por el encanto de Dios y por sus expresiones de
infinita belleza. En confrontación con esta nueva vida, las cosas del
pasado son pequeñas e insignificantes.
Conservo aún todo mi afecto por tí y una ternura que jamás te pude en
verdad revelar.
Nos amamos eternamente en vida, pero todo era entonces muy fugaz y limitado.
Vivo en la serena expectativa de tu llegada un día... Entre
nosotros... piensa en mí así.
En tus luchas... piensa en esta maravillosa morada donde no existe la
muerte y donde estoy junto a la fuente inagotable de la alegría y del
amor.
Si verdaderamente me amas., no llores por mí… ¡Estoy en paz!
¡Me gusta la gente!
Me gusta la gente con la cabeza en su lugar, que sea espiritual, con
idealismo en los ojos y los pies en la realidad... Me gusta la gente
que ríe, llora, se emociona con una simple carta, un llamado, una
canción suave, una buena película, un buen libro, un gesto de cariño,
un abrazo. Gente que ama y tiene nostalgias; le gustan los amigos,
cultiva flores, ama los animales, admira paisajes, la poesía y sabe
escuchar.
Gente que tiene tiempo para sonreír, pedir perdón, repartir ternuras,
compartir vivencias y tiene espacio para las emociones dentro de sí,
emociones que fluyen naturalmente de adentro de su ser. Gente que le
gusta hacer las cosas que le gustan, sin huir de compromisos
difíciles, por más desgastantes que sean. Gente que ayuda, orienta,
entiende, aconseja, busca la verdad y siempre quiere aprender, aunque
sea de un niño, de un pobre, de un analfabeto...
Gente de corazón desarmado, sin odio y preconceptos baratos, con mucho
amor dentro de sí. Gente que se equivoca y lo reconoce, cae y se
levanta, asimila los golpes, tomando lecciones de los errores, y
haciendo redimir sus lágrimas y sufrimientos... ¡Sí! me gusta mucho la
gente así. ¡Como tú!
Para las madres en su día
Siempre ten presente que: la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
los días se convierten en años..., pero lo importante no cambia; tu
fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de
cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada
logro, hay otro desafío. Mientras estés viva, siéntete viva. Si
extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo. No vivas de fotos
amarillas... Sigue adelante aunque todos esperen que abandones tu
objetivo. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto. Cuando por los años no
puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina; cuando no
puedas caminar, usa el bastón. Pero, ¡nunca te detengas! Madre Teresa
de Calcuta
sábado, 6 de octubre de 2012
martes, 4 de septiembre de 2012
Compartir Nº 129
Extraña curación de un drogadicto
El 20 de diciembre del 2000 Juan Pablo II aprobaba el milagro
atribuido a Juan Diego, el indio mejicano testigo de las apariciones
de la Virgen de Guadalupe en 1531. El hecho ocurrió el 6 de mayo de
1990 mientras el Papa beatificaba a Juan Diego y cambió para siempre
la vida del drogadicto Juan José Barragán Silva.
Tenia entonces Barragán 20 años y era consumidor habitual de marihuana
desde los quince. Aquel día, excitado bajo la influencia de la droga,
se apuñaló en presencia de su madre y se abalanzó hacia el balcón para
lanzarse al vacío. La madre le sujetó por las piernas pero fue inútil:
se deshizo de ella y se arrojó a la calle de cabeza. El balcón estaba
a 10 metros de altura, el joven pesaba 70 kilos, y el ángulo de
impacto de la cabeza con el suelo fue de 70 grados.
Ingresó aún vivo en la unidad de cuidados intensivos del Hospital
Durango de Méjico. Fue tratado por J. H. Hernández Illescas, neurólogo
de fama internacional y por otros dos especialistas que describieron
el caso como «único, sorprendente, inconcebible, científicamente
inexplicable».
Y es que tres días después, de repente y de forma increíble, Barragán
estaba completamente curado. No quedaron secuelas neurológicas ni
psíquicas, ni el más mínimo asomo de minusvalía. Esperanza, madre del
muchacho, dijo que cuando vio que su hijo se lanzaba por la ventana lo
encomendó a Dios y a la Virgen de Guadalupe y dirigiéndose a Juan
Diego le suplicó: «Dame una prueba, ¡salva a mi hijo!».
Juan Diego nació en 1474 y su nombre de pila era Cuauhtlatoatzin hasta
que junto a su mujer fue bautizado por el misionero franciscano Fray
Toribio de Benavente. El 9 de diciembre de 1531 Juan Diego vio a la
Virgen María en el cerro de Tepeyac. Nuestra Señora le habló en su
lengua nativa, el náhuatl, y de forma cariñosa le suplicó dijera al
obispo que levantaran una iglesia en su honor. Según la tradición
fueron cinco las apariciones, la última de las cuales ocurrió el 12 de
diciembre, día en que curó a su tío gravemente enfermo y en que ordenó
que llevara al obispo Zumárraga un ramo de rosas silvestres en su
ayate o tilma. Al desplegar el poncho ante el obispo la imagen hoy
venerada apareció impresa en el tejido.
La Virgen María se aparece a un judío
El 20 de enero de 1842, en la iglesia de San Andrés “delle Fratte”,
en Roma, el judío de 27 años, Alfonso de Ratisbona, nacido en
Alemania, se convirtió al catolicismo en ese mismo momento. La
Inmaculada Virgen María, la misma de la Medalla Milagrosa, se le
apareció y lo envolvió en la gracia de Dios. Majestuosa y hermosísima,
irradiaba paz. Al verla, cayó de rodillas, comprendió su dulce
expresión de perdón y, a pesar de que la aparición no dijo nada,
sintió el horror del estado en que se encontraba, la deformidad del
pecado, la belleza de la religión católica, en fin, comprendió todo.
Quedó arrodillado, y llorando besó la medalla que tenía en el pecho:
era ella, la misma. Salía de las tinieblas a la luz por la infinita
misericordia de Dios. Una inmensa alegría inundaba su alma. Buscó un
sacerdote. Alfonso de Ratisbona fue bautizado y recibido en la Iglesia
Católica por el Cardenal Patrizi, once días después, el 31 de enero.
Fue ordenado sacerdote en 1847. Y dedicó toda su vida a la conversión
de los judíos.
Una semana antes, en Roma un amigo de infancia, Gustavo de Bussiéres,
le había ofrecido hospitalidad. Teodoro, hermano de éste, protestante
convertido al catolicismo, le hablaba de las grandezas del
catolicismo, pero Alfonso le respondía con ironías y acusaciones
escuchadas con frecuencia.
—Bueno, le dijo Teodoro, ya que detestas la superstición y profesas
doctrinas muy liberales, ¿tendrías el valor de someterte a una prueba
inocente? —¿Qué prueba? —Que lleves contigo esta medalla de la
Santísima Virgen. Te parecerá ridículo, ¿verdad? Sin embargo, yo doy
un gran valor a esta medalla. A pesar de que le pareció una niñería,
aceptó, pensando en reírse después con su novia. Teodoro insistió en
que debía rezar una breve oración dos veces por día, el famoso
“Acordaos” de san Bernardo. Forzadamente y riéndose aceptó y la copió.
Esa oración se le grabó de tal manera que la repetía con frecuencia y
sin quererlo. La medalla y el dulce “Acordaos” prepararon su
conversión. Pocos días después se le apareció la Virgen María.
Antes de leer la Biblia
Dios, mi Padre bondadoso. Estoy rodeado
de ruidos y voces. Estoy cansado
de escuchar palabras sin verdad,
sin el calor de la intimidad personal,
sin la eficacia del amor comprometido.
Tú, Señor, me hablas con una Palabra nueva.
Por eso quiero escucharte.
Porque tu Palabra me muestra la verdad,
me revela la eficacia de tu amor,
me ofrece la participación en tu misma vida.
Dios, mi Padre, que tu Palabra
se haga carne en mi vida.
Te ofrezco un corazón pobre y abierto.
Siembra en mí tu Palabra,
que tu Espíritu la haga fecunda,
como en el seno de María,
la santísima Virgen y Madre de Jesús.
Y seré en el mundo el eco de tu voz,
la proclamación de tu Evangelio. Amén.
Para sanar ansiedades
Dios mío, mira mis nerviosismos, mi inquietud interior y pacifícame,
Señor, calma mi corazón perturbado, derrama en él tu paz divina. No
dejes que me llene de ansiedades y obsesiones, porque nada de este
mundo vale tanto, nada es divino.
Jesús, cura mi ansiedad con tu mirada paciente. Ayúdame a luchar con
paz y gozo, caminando firme, sereno sin prisas. Quiero trabajar bajo
tu luz, sabiendo que comprendes mis errores y que siempre puedo
empezar de nuevo. Porque tú tienes confianza en mí, me esperas, y
deseas que viva sanamente.
Contigo todo será para bien, aunque yo no pueda verlo. Aplaca mi
interior inquieto, seréname y pacifícame. Amén. (P. Víctor Fernández).
Extraña curación de un drogadicto
El 20 de diciembre del 2000 Juan Pablo II aprobaba el milagro
atribuido a Juan Diego, el indio mejicano testigo de las apariciones
de la Virgen de Guadalupe en 1531. El hecho ocurrió el 6 de mayo de
1990 mientras el Papa beatificaba a Juan Diego y cambió para siempre
la vida del drogadicto Juan José Barragán Silva.
Tenia entonces Barragán 20 años y era consumidor habitual de marihuana
desde los quince. Aquel día, excitado bajo la influencia de la droga,
se apuñaló en presencia de su madre y se abalanzó hacia el balcón para
lanzarse al vacío. La madre le sujetó por las piernas pero fue inútil:
se deshizo de ella y se arrojó a la calle de cabeza. El balcón estaba
a 10 metros de altura, el joven pesaba 70 kilos, y el ángulo de
impacto de la cabeza con el suelo fue de 70 grados.
Ingresó aún vivo en la unidad de cuidados intensivos del Hospital
Durango de Méjico. Fue tratado por J. H. Hernández Illescas, neurólogo
de fama internacional y por otros dos especialistas que describieron
el caso como «único, sorprendente, inconcebible, científicamente
inexplicable».
Y es que tres días después, de repente y de forma increíble, Barragán
estaba completamente curado. No quedaron secuelas neurológicas ni
psíquicas, ni el más mínimo asomo de minusvalía. Esperanza, madre del
muchacho, dijo que cuando vio que su hijo se lanzaba por la ventana lo
encomendó a Dios y a la Virgen de Guadalupe y dirigiéndose a Juan
Diego le suplicó: «Dame una prueba, ¡salva a mi hijo!».
Juan Diego nació en 1474 y su nombre de pila era Cuauhtlatoatzin hasta
que junto a su mujer fue bautizado por el misionero franciscano Fray
Toribio de Benavente. El 9 de diciembre de 1531 Juan Diego vio a la
Virgen María en el cerro de Tepeyac. Nuestra Señora le habló en su
lengua nativa, el náhuatl, y de forma cariñosa le suplicó dijera al
obispo que levantaran una iglesia en su honor. Según la tradición
fueron cinco las apariciones, la última de las cuales ocurrió el 12 de
diciembre, día en que curó a su tío gravemente enfermo y en que ordenó
que llevara al obispo Zumárraga un ramo de rosas silvestres en su
ayate o tilma. Al desplegar el poncho ante el obispo la imagen hoy
venerada apareció impresa en el tejido.
La Virgen María se aparece a un judío
El 20 de enero de 1842, en la iglesia de San Andrés “delle Fratte”,
en Roma, el judío de 27 años, Alfonso de Ratisbona, nacido en
Alemania, se convirtió al catolicismo en ese mismo momento. La
Inmaculada Virgen María, la misma de la Medalla Milagrosa, se le
apareció y lo envolvió en la gracia de Dios. Majestuosa y hermosísima,
irradiaba paz. Al verla, cayó de rodillas, comprendió su dulce
expresión de perdón y, a pesar de que la aparición no dijo nada,
sintió el horror del estado en que se encontraba, la deformidad del
pecado, la belleza de la religión católica, en fin, comprendió todo.
Quedó arrodillado, y llorando besó la medalla que tenía en el pecho:
era ella, la misma. Salía de las tinieblas a la luz por la infinita
misericordia de Dios. Una inmensa alegría inundaba su alma. Buscó un
sacerdote. Alfonso de Ratisbona fue bautizado y recibido en la Iglesia
Católica por el Cardenal Patrizi, once días después, el 31 de enero.
Fue ordenado sacerdote en 1847. Y dedicó toda su vida a la conversión
de los judíos.
Una semana antes, en Roma un amigo de infancia, Gustavo de Bussiéres,
le había ofrecido hospitalidad. Teodoro, hermano de éste, protestante
convertido al catolicismo, le hablaba de las grandezas del
catolicismo, pero Alfonso le respondía con ironías y acusaciones
escuchadas con frecuencia.
—Bueno, le dijo Teodoro, ya que detestas la superstición y profesas
doctrinas muy liberales, ¿tendrías el valor de someterte a una prueba
inocente? —¿Qué prueba? —Que lleves contigo esta medalla de la
Santísima Virgen. Te parecerá ridículo, ¿verdad? Sin embargo, yo doy
un gran valor a esta medalla. A pesar de que le pareció una niñería,
aceptó, pensando en reírse después con su novia. Teodoro insistió en
que debía rezar una breve oración dos veces por día, el famoso
“Acordaos” de san Bernardo. Forzadamente y riéndose aceptó y la copió.
Esa oración se le grabó de tal manera que la repetía con frecuencia y
sin quererlo. La medalla y el dulce “Acordaos” prepararon su
conversión. Pocos días después se le apareció la Virgen María.
Antes de leer la Biblia
Dios, mi Padre bondadoso. Estoy rodeado
de ruidos y voces. Estoy cansado
de escuchar palabras sin verdad,
sin el calor de la intimidad personal,
sin la eficacia del amor comprometido.
Tú, Señor, me hablas con una Palabra nueva.
Por eso quiero escucharte.
Porque tu Palabra me muestra la verdad,
me revela la eficacia de tu amor,
me ofrece la participación en tu misma vida.
Dios, mi Padre, que tu Palabra
se haga carne en mi vida.
Te ofrezco un corazón pobre y abierto.
Siembra en mí tu Palabra,
que tu Espíritu la haga fecunda,
como en el seno de María,
la santísima Virgen y Madre de Jesús.
Y seré en el mundo el eco de tu voz,
la proclamación de tu Evangelio. Amén.
Para sanar ansiedades
Dios mío, mira mis nerviosismos, mi inquietud interior y pacifícame,
Señor, calma mi corazón perturbado, derrama en él tu paz divina. No
dejes que me llene de ansiedades y obsesiones, porque nada de este
mundo vale tanto, nada es divino.
Jesús, cura mi ansiedad con tu mirada paciente. Ayúdame a luchar con
paz y gozo, caminando firme, sereno sin prisas. Quiero trabajar bajo
tu luz, sabiendo que comprendes mis errores y que siempre puedo
empezar de nuevo. Porque tú tienes confianza en mí, me esperas, y
deseas que viva sanamente.
Contigo todo será para bien, aunque yo no pueda verlo. Aplaca mi
interior inquieto, seréname y pacifícame. Amén. (P. Víctor Fernández).
lunes, 6 de agosto de 2012
Compartir Nº 128
Todo es gratis
Un niño pequeño se dirigió a su madre que estaba en la cocina
preparando la cena y le entregó un pedazo de papel que había escrito.
En el papel se leía de la siguiente manera:
a. Por cortar el pasto: $ 5.00
b Por limpiar mi cuarto esta semana: $ 1.00
c. Por hacer mandados $ 0.50
d. Por cuidar a mi hermano pequeño: $ 0.25
e. Por sacar la basura: $ 1.00
f. Por sacar buenas calificaciones: $ 5.00
g. Por limpiar y recoger las hojas: $2.00
h. Total adeudado: $14.75
Su madre lo miró y en aquel momento el niño pudo ver todos los
recuerdos que pasaban por su mente. Ella tomó una pluma, y en el otro
lado del papel escribió:
Por los nueve meses que te cargué mientras tú crecías dentro de mí...
Es Gratis.
Por todas las noches que me senté a tu lado, te cuidé y recé por ti...
Es Gratis.
Por las 840 veces que te amamanté... Es Gratis.
Por todos los 3843 pañales que te cambié... Es Gratis.
Por todos los 3286 biberones que te preparé. Es Gratis.
Por todos los momentos difíciles, y todas las lágrimas que me has
causado a través de los años... Es Gratis.
Por todas las noches que estuvieron llenas de temor y por las
preocupaciones que sé que vendrán... Es Gratis.
Por todas las 2920 historias y cuentos que te conté o leí por las
noches antes de dormir te... Es Gratis.
Por los juguetes, la comida, la ropa, y hasta por limpiarte la
nariz... Es Gratis.
Hijo; cuando lo sumas todo, el precio de mi amor... es completamente gratis.
Cuando el niño terminó de leer esto, había lágrimas en sus ojos. Miró
a su madre a los ojos y le dijo: "Mamá, solo sé que te quiero mucho".
Luego escribió en el papel "pagado en su totalidad”.
No te escuchan… te observan
"No te preocupes porque tus hijos no te escuchen, preocúpate porque te
observan todo el día".
Cuando pensabas que no te veía; te vi pegar mi primer dibujo en la
heladera, e inmediatamente quise pintar otro. Cuando pensabas que no
te veía; te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que
fuese agradable vivir, pendiente de detalles, y entendí que las
pequeñas cosas son las cosas especiales de la vida. Cuando pensabas
que no te veía; te escuché pedirle a Dios y supe que existía un Dios
con el que podría yo conversar y en quien confiar.
Cuando pensabas que no te veía; te vi preocuparte por tus amigos sanos
y enfermos, y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a
otros. Cuando pensabas que no te veía; te vi dar tu tiempo y dinero
para ayudar a personas que no tienen nada, y aprendí que aquellos que
tienen algo deben de compartirlo con quienes no tienen. Cuando
pensabas que no te veía; te sentí darme un beso por la noche, y me
sentí amado y seguro.
Cuando pensabas que no te veía; te vi atender la casa y a todos los
que vivimos en ella, y aprendí a cuidar lo que se nos da. Cuando
pensabas que no te veía; vi cómo cumplías con tus responsabilidades
aún cuando no te sentías bien, y aprendí que debo ser responsable
cuando crezca. Cuando pensabas que no te veía; vi lágrimas salir de
tus ojos, y aprendí que algunas veces las cosas duelen y que está bien
llorar. (Autor: un Niño).
Atrévete a correr riesgos
Reír es arriesgarse a parecer un tonto. Llorar es arriesgarse a
parecer un sentimental. Buscar al otro es arriesgarse a comprometerse.
Expresar los sentimientos es arriesgarse a ser rechazado. Exponer los
sueños ante una multitud es arriesgarse a ser ridículo.
Amar es arriesgarse a no ser correspondido. Avanzar ante obstáculos
abrumadores es arriesgarse a fracasar. Pero se deben correr los
riesgos porque el peligro más grande en la vida es no arriesgar nada.
La persona que no arriesga nada, no hace nada, no tiene nada, no es
nada. Podrá evitar el sufrimiento y la tristeza, pero no puede
aprender, sentir, cambiar, crecer ni amar.
Parábola del diamante
Un santo había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un
árbol para pasar la noche. De pronto llegó corriendo hacia él un
habitante de la aldea y le dijo: "¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la
piedra preciosa!"
"¿Que piedra?", preguntó el santo. "La otra noche se me apareció en
sueños el Señor", -dijo el aldeano-, "y me aseguró que si venía al
anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un santo que me
daría una piedra.
El santo rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra. "Probablemente se
refería a esta", dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano. "La
encontré en un sendero del bosque hace algunos días. Por supuesto que
puedes quedarte con ella".
El hombre se quedo mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante!
Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano
de un hombre. Tomó el diamante y se marchó. Pasó dando vueltas en la
cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue
a despertar al santo y le dijo: "Dame la riqueza que te permite
desprenderte con tanta facilidad de este diamante".
Oración por sonrisas
Señor, renueva mi espíritu
y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo
por la riqueza de tu bendición.
Que mis ojos sonrían diaria¬mente
por la salud y amistad de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diaria¬mente
por las alegrías y dolores que compartimos.
Que mi boca sonría diaria¬mente
con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente
de la alegría que tú me brindas.
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor. Amén.
(Madre Teresa de Calcuta)
Un niño pequeño se dirigió a su madre que estaba en la cocina
preparando la cena y le entregó un pedazo de papel que había escrito.
En el papel se leía de la siguiente manera:
a. Por cortar el pasto: $ 5.00
b Por limpiar mi cuarto esta semana: $ 1.00
c. Por hacer mandados $ 0.50
d. Por cuidar a mi hermano pequeño: $ 0.25
e. Por sacar la basura: $ 1.00
f. Por sacar buenas calificaciones: $ 5.00
g. Por limpiar y recoger las hojas: $2.00
h. Total adeudado: $14.75
Su madre lo miró y en aquel momento el niño pudo ver todos los
recuerdos que pasaban por su mente. Ella tomó una pluma, y en el otro
lado del papel escribió:
Por los nueve meses que te cargué mientras tú crecías dentro de mí...
Es Gratis.
Por todas las noches que me senté a tu lado, te cuidé y recé por ti...
Es Gratis.
Por las 840 veces que te amamanté... Es Gratis.
Por todos los 3843 pañales que te cambié... Es Gratis.
Por todos los 3286 biberones que te preparé. Es Gratis.
Por todos los momentos difíciles, y todas las lágrimas que me has
causado a través de los años... Es Gratis.
Por todas las noches que estuvieron llenas de temor y por las
preocupaciones que sé que vendrán... Es Gratis.
Por todas las 2920 historias y cuentos que te conté o leí por las
noches antes de dormir te... Es Gratis.
Por los juguetes, la comida, la ropa, y hasta por limpiarte la
nariz... Es Gratis.
Hijo; cuando lo sumas todo, el precio de mi amor... es completamente gratis.
Cuando el niño terminó de leer esto, había lágrimas en sus ojos. Miró
a su madre a los ojos y le dijo: "Mamá, solo sé que te quiero mucho".
Luego escribió en el papel "pagado en su totalidad”.
No te escuchan… te observan
"No te preocupes porque tus hijos no te escuchen, preocúpate porque te
observan todo el día".
Cuando pensabas que no te veía; te vi pegar mi primer dibujo en la
heladera, e inmediatamente quise pintar otro. Cuando pensabas que no
te veía; te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que
fuese agradable vivir, pendiente de detalles, y entendí que las
pequeñas cosas son las cosas especiales de la vida. Cuando pensabas
que no te veía; te escuché pedirle a Dios y supe que existía un Dios
con el que podría yo conversar y en quien confiar.
Cuando pensabas que no te veía; te vi preocuparte por tus amigos sanos
y enfermos, y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a
otros. Cuando pensabas que no te veía; te vi dar tu tiempo y dinero
para ayudar a personas que no tienen nada, y aprendí que aquellos que
tienen algo deben de compartirlo con quienes no tienen. Cuando
pensabas que no te veía; te sentí darme un beso por la noche, y me
sentí amado y seguro.
Cuando pensabas que no te veía; te vi atender la casa y a todos los
que vivimos en ella, y aprendí a cuidar lo que se nos da. Cuando
pensabas que no te veía; vi cómo cumplías con tus responsabilidades
aún cuando no te sentías bien, y aprendí que debo ser responsable
cuando crezca. Cuando pensabas que no te veía; vi lágrimas salir de
tus ojos, y aprendí que algunas veces las cosas duelen y que está bien
llorar. (Autor: un Niño).
Atrévete a correr riesgos
Reír es arriesgarse a parecer un tonto. Llorar es arriesgarse a
parecer un sentimental. Buscar al otro es arriesgarse a comprometerse.
Expresar los sentimientos es arriesgarse a ser rechazado. Exponer los
sueños ante una multitud es arriesgarse a ser ridículo.
Amar es arriesgarse a no ser correspondido. Avanzar ante obstáculos
abrumadores es arriesgarse a fracasar. Pero se deben correr los
riesgos porque el peligro más grande en la vida es no arriesgar nada.
La persona que no arriesga nada, no hace nada, no tiene nada, no es
nada. Podrá evitar el sufrimiento y la tristeza, pero no puede
aprender, sentir, cambiar, crecer ni amar.
Parábola del diamante
Un santo había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un
árbol para pasar la noche. De pronto llegó corriendo hacia él un
habitante de la aldea y le dijo: "¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la
piedra preciosa!"
"¿Que piedra?", preguntó el santo. "La otra noche se me apareció en
sueños el Señor", -dijo el aldeano-, "y me aseguró que si venía al
anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un santo que me
daría una piedra.
El santo rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra. "Probablemente se
refería a esta", dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano. "La
encontré en un sendero del bosque hace algunos días. Por supuesto que
puedes quedarte con ella".
El hombre se quedo mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante!
Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano
de un hombre. Tomó el diamante y se marchó. Pasó dando vueltas en la
cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue
a despertar al santo y le dijo: "Dame la riqueza que te permite
desprenderte con tanta facilidad de este diamante".
Oración por sonrisas
Señor, renueva mi espíritu
y dibuja en mi rostro sonrisas de gozo
por la riqueza de tu bendición.
Que mis ojos sonrían diaria¬mente
por la salud y amistad de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diaria¬mente
por las alegrías y dolores que compartimos.
Que mi boca sonría diaria¬mente
con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente
de la alegría que tú me brindas.
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor. Amén.
(Madre Teresa de Calcuta)
martes, 10 de julio de 2012
Compartir Nº 127, julio 2012
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina
El verdadero sentido del amor en las parejas
Un famoso profesor se encontró frente a un grupo de jóvenes que
estaban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el
romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es
preferible acabar con la relación cuando éste se apaga, en lugar de
entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El profesor les dijo que respetaba su opinión, pero les relató lo
siguiente: "Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá
bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un
infarto. Cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a
rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, rebasando, sin
respetar los altos, condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por
desgracia, ya había fallecido. Durante el sepelio, mi padre no habló,
su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos
reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos
hermosas anécdotas. Él pidió a mi hermano teólogo que le dijera, dónde
estaría mamá en ese momento.
Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, conjeturó
cómo y dónde estaría ella. Mi padre escuchaba con gran atención. De
pronto pidió: "llévenme al cementerio". "Papá" respondimos "¡Son las
11 de la noche! ¡No podemos ir al cementerio ahora!" Alzó la voz y con
una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan
con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años".
Se produjo un momento de respetuoso silencio. No discutimos más.
Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y con una linterna
llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, lloró y nos dijo a sus
hijos que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 buenos años...
saben?. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo
que es compartir la vida con una mujer así". Hizo una pausa y se
limpió la cara.
"Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, cambio de empleo",
continuó: "Hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos
de ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus
carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos,
rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos
apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos
nuestros errores..." "Hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben
por qué?, porque se fue antes que yo; no tuvo que vivir la agonía y el
dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo
quien pase por eso y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me
hubiera gustado que sufriera..."
Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el
rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló: "Todo está
bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día". Esa noche
entendí lo que es el verdadero amor. Dista mucho del romanticismo, no
tiene que ver demasiado con el erotismo, más bien se vincula al
trabajo y al cuidado que se profesan dos personas realmente
compro-metidas.
Cuando el profesor terminó de hablar, los jóvenes universitarios no
pudieron debatirle. Ese tipo de amor era algo que no conocían.
El hielo quebrado
Cuentan que en la periferia de una ciudad Canadiense, en un soleado
día de invierno, dos niños patinaban alegremente sobre una laguna
congelada. Los niños no se habían percatado que en el centro de la
laguna yacía una bandera roja que anunciaba hielo delgado, porque se
había caído sobre el hielo por una ráfaga de viento.
Los niños jugaban alegremente sin preocupación, al no percibir el
peligro que corrían. Cuando de pronto, el hielo se reventó, y uno de
los niños cayó al agua. El otro niño, viendo que su amiguito era
llevado por la ligera corriente unos metros más lejos y se ahogaba
debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus
fuerzas, hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.
Un automovilista que pasaba dio la alarma, y corrió con una manta a
socorrerlos. Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había
sucedido, se preguntaban: ¿Cómo un niño tan pequeño fue capaz de
romper un hielo tan grueso? En ese instante apareció un anciano, quien
les dijo: - Yo sé cómo lo hizo. No había nadie a su alrededor, para
decirle que era imposible que lo pudiera hacer.
Si quieres hacer algo en la vida, no creas en la palabra “imposible”.
Vida después de la vida
Una vez un taxista me interrumpió una reflexión sobre la vida que
sigue a esta vida terrenal, diciéndome: “¡Nadie ha venido a contarnos
lo que hay después!”. “Mire, le dije, en la vida de san Juan Bosco hay
un hecho que fue presenciado por un grupo de seminaristas entre los 20
y 30 años y que ha testificado este santo (1815-1888) en sus
memorias”.
Siendo Don Bosco seminarista hizo un trato con su amigo Luis Comollo:
el que muera primero vendrá a avisar si está o no en el Cielo. Al poco
tiempo murió el amigo de Don Bosco. Habían pasado cuatro días del
entierro, y Bosco no podía dormir. Cuando el reloj de la iglesia tocó
las doce, se oyó un rumor sordo que hizo vibrar las paredes, el
pavimento y el techo.
Los seminaristas se despertaron y quedaron mudos. “Yo estaba
petrificado de horror —cuenta Don Bosco— se abrió violentamente la
puerta del dormitorio; solo se vio un fulgor pálido. Luego un
repentino silencio; la luz brilló más y oí la voz de Comollo, que por
tres veces me dijo: “¡Bosco, Bosco, Bosco! ¡Me he salvado!”.
Oración para caminar en el amor
Señor, muchas veces me entretengo lamentándome por los pecados ajenos
o por las cosas que me hacen los demás. Hoy quiero declararlos
inocentes por todas las cosas que me molestan de ellos. Libérame de
condenarlos y de prejuzgarlos.
Esas personas que me molestan, que me perturban, que me interrumpen,
en el fondo no buscan hacerme daño, sólo me necesitan. O simplemente
expresan sus sufrimientos, sus miedos, sus angustias internas. Las
bendigo y te pido que me liberes de todo lo que me lleva a rechazar a
los demás. Sé que algunas veces tendré que defenderme con astucia para
que no me hagan daño, pero quiero hacerlo sin odio.
Libérame, Señor, para que no alimente la impaciencia y el desprecio.
Te contemplo a ti, Jesús, tan comprensivo con los pecadores, tan
paciente y compasivo con las debilidades de tus discípulos, tan
cercano a todos. Ayúdame a reaccionar como lo harías tú, para que no
me aleje del camino del amor. Amén. (Víctor Fernández).
Estadísticas que hacen reflexionar
Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de
exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en
la actualidad, sería algo como esto:
Habría 57 asiáticos, 21 europeos, 14 personas del hemisferio oeste
(tanto norte como sur) y 8 africanos. 52 serían mujeres. 48 hombres.
70 no serian blancos. 30 serian blancos. 70 no cristianos. 30
cristianos. 89 heterosexuales. 11 homosexuales. 6 personas poseerían
el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 serían norteamericanos.
De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas. 70
serian incapaces de leer. 50 sufrirían de mal nutrición. 1 persona
estaría a punto de morir. 1 bebé estaría a punto de nacer. Sólo 1
tendría educación universitaria. En esta aldea habría 1 persona con
computadora. Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan
comprimida es cuando se hace más aparente la necesidad de aceptación,
entendimiento, tolerancia y educación.
Otras cuestiones para reflexionar... Si te has levantado esta mañana
con más salud que enfermedad, entonces eres más afortunado que los
millones de personas que no sobrevivirán esta semana. Si nunca has
experimentado los peligros de la guerra, la soledad de estar
encarcelado, la agonía de ser torturado o las punzadas de la
inanición, entonces estás por delante de 500 millones de personas. Si
puedes acudir a la iglesia sin temor a ser humillado, arrestado,
torturado o muerto... entonces eres más afortunado que 3.000 millones
de personas en el mundo.
Si tienes comida en la heladera, ropa en el armario, un techo sobre tu
cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de la
población mundial. Si guardas dinero en el banco, en tu cartera y
tienes algunas monedas en el cajón... ya estás entre el 8% más rico de
este mundo. Si tus padres aun viven y están casados... eres una
persona muy rara. Si puedes leer este mensaje, acabas de recibir una
doble bendición: alguien estaba pensando en ti, y más aún, eres mucho
más afortunado que los más de 2.000.000.000 de personas en este mundo
que no pueden leer.
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina
El verdadero sentido del amor en las parejas
Un famoso profesor se encontró frente a un grupo de jóvenes que
estaban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el
romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es
preferible acabar con la relación cuando éste se apaga, en lugar de
entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El profesor les dijo que respetaba su opinión, pero les relató lo
siguiente: "Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá
bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un
infarto. Cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a
rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, rebasando, sin
respetar los altos, condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por
desgracia, ya había fallecido. Durante el sepelio, mi padre no habló,
su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos
reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos
hermosas anécdotas. Él pidió a mi hermano teólogo que le dijera, dónde
estaría mamá en ese momento.
Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, conjeturó
cómo y dónde estaría ella. Mi padre escuchaba con gran atención. De
pronto pidió: "llévenme al cementerio". "Papá" respondimos "¡Son las
11 de la noche! ¡No podemos ir al cementerio ahora!" Alzó la voz y con
una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan
con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años".
Se produjo un momento de respetuoso silencio. No discutimos más.
Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y con una linterna
llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, lloró y nos dijo a sus
hijos que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 buenos años...
saben?. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo
que es compartir la vida con una mujer así". Hizo una pausa y se
limpió la cara.
"Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, cambio de empleo",
continuó: "Hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos
de ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus
carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos,
rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos
apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos
nuestros errores..." "Hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben
por qué?, porque se fue antes que yo; no tuvo que vivir la agonía y el
dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo
quien pase por eso y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me
hubiera gustado que sufriera..."
Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el
rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló: "Todo está
bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día". Esa noche
entendí lo que es el verdadero amor. Dista mucho del romanticismo, no
tiene que ver demasiado con el erotismo, más bien se vincula al
trabajo y al cuidado que se profesan dos personas realmente
compro-metidas.
Cuando el profesor terminó de hablar, los jóvenes universitarios no
pudieron debatirle. Ese tipo de amor era algo que no conocían.
El hielo quebrado
Cuentan que en la periferia de una ciudad Canadiense, en un soleado
día de invierno, dos niños patinaban alegremente sobre una laguna
congelada. Los niños no se habían percatado que en el centro de la
laguna yacía una bandera roja que anunciaba hielo delgado, porque se
había caído sobre el hielo por una ráfaga de viento.
Los niños jugaban alegremente sin preocupación, al no percibir el
peligro que corrían. Cuando de pronto, el hielo se reventó, y uno de
los niños cayó al agua. El otro niño, viendo que su amiguito era
llevado por la ligera corriente unos metros más lejos y se ahogaba
debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus
fuerzas, hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.
Un automovilista que pasaba dio la alarma, y corrió con una manta a
socorrerlos. Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había
sucedido, se preguntaban: ¿Cómo un niño tan pequeño fue capaz de
romper un hielo tan grueso? En ese instante apareció un anciano, quien
les dijo: - Yo sé cómo lo hizo. No había nadie a su alrededor, para
decirle que era imposible que lo pudiera hacer.
Si quieres hacer algo en la vida, no creas en la palabra “imposible”.
Vida después de la vida
Una vez un taxista me interrumpió una reflexión sobre la vida que
sigue a esta vida terrenal, diciéndome: “¡Nadie ha venido a contarnos
lo que hay después!”. “Mire, le dije, en la vida de san Juan Bosco hay
un hecho que fue presenciado por un grupo de seminaristas entre los 20
y 30 años y que ha testificado este santo (1815-1888) en sus
memorias”.
Siendo Don Bosco seminarista hizo un trato con su amigo Luis Comollo:
el que muera primero vendrá a avisar si está o no en el Cielo. Al poco
tiempo murió el amigo de Don Bosco. Habían pasado cuatro días del
entierro, y Bosco no podía dormir. Cuando el reloj de la iglesia tocó
las doce, se oyó un rumor sordo que hizo vibrar las paredes, el
pavimento y el techo.
Los seminaristas se despertaron y quedaron mudos. “Yo estaba
petrificado de horror —cuenta Don Bosco— se abrió violentamente la
puerta del dormitorio; solo se vio un fulgor pálido. Luego un
repentino silencio; la luz brilló más y oí la voz de Comollo, que por
tres veces me dijo: “¡Bosco, Bosco, Bosco! ¡Me he salvado!”.
Oración para caminar en el amor
Señor, muchas veces me entretengo lamentándome por los pecados ajenos
o por las cosas que me hacen los demás. Hoy quiero declararlos
inocentes por todas las cosas que me molestan de ellos. Libérame de
condenarlos y de prejuzgarlos.
Esas personas que me molestan, que me perturban, que me interrumpen,
en el fondo no buscan hacerme daño, sólo me necesitan. O simplemente
expresan sus sufrimientos, sus miedos, sus angustias internas. Las
bendigo y te pido que me liberes de todo lo que me lleva a rechazar a
los demás. Sé que algunas veces tendré que defenderme con astucia para
que no me hagan daño, pero quiero hacerlo sin odio.
Libérame, Señor, para que no alimente la impaciencia y el desprecio.
Te contemplo a ti, Jesús, tan comprensivo con los pecadores, tan
paciente y compasivo con las debilidades de tus discípulos, tan
cercano a todos. Ayúdame a reaccionar como lo harías tú, para que no
me aleje del camino del amor. Amén. (Víctor Fernández).
Estadísticas que hacen reflexionar
Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de
exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en
la actualidad, sería algo como esto:
Habría 57 asiáticos, 21 europeos, 14 personas del hemisferio oeste
(tanto norte como sur) y 8 africanos. 52 serían mujeres. 48 hombres.
70 no serian blancos. 30 serian blancos. 70 no cristianos. 30
cristianos. 89 heterosexuales. 11 homosexuales. 6 personas poseerían
el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 serían norteamericanos.
De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas. 70
serian incapaces de leer. 50 sufrirían de mal nutrición. 1 persona
estaría a punto de morir. 1 bebé estaría a punto de nacer. Sólo 1
tendría educación universitaria. En esta aldea habría 1 persona con
computadora. Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan
comprimida es cuando se hace más aparente la necesidad de aceptación,
entendimiento, tolerancia y educación.
Otras cuestiones para reflexionar... Si te has levantado esta mañana
con más salud que enfermedad, entonces eres más afortunado que los
millones de personas que no sobrevivirán esta semana. Si nunca has
experimentado los peligros de la guerra, la soledad de estar
encarcelado, la agonía de ser torturado o las punzadas de la
inanición, entonces estás por delante de 500 millones de personas. Si
puedes acudir a la iglesia sin temor a ser humillado, arrestado,
torturado o muerto... entonces eres más afortunado que 3.000 millones
de personas en el mundo.
Si tienes comida en la heladera, ropa en el armario, un techo sobre tu
cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de la
población mundial. Si guardas dinero en el banco, en tu cartera y
tienes algunas monedas en el cajón... ya estás entre el 8% más rico de
este mundo. Si tus padres aun viven y están casados... eres una
persona muy rara. Si puedes leer este mensaje, acabas de recibir una
doble bendición: alguien estaba pensando en ti, y más aún, eres mucho
más afortunado que los más de 2.000.000.000 de personas en este mundo
que no pueden leer.
sábado, 9 de junio de 2012
Compartir Nº 126
Dios, ¿aún habla?
Un joven de vida espiritual fue a un grupo de estudio de la Biblia en
la casa de un matrimonio amigo. Esa noche el matrimonio dividió la
reunión entre oír a Dios y obedecer la Palabra del Señor. El joven
estaba interesado en saber si "Dios aun habla con las personas". Al
terminar el estudio de los dos temas, salió para tomar un café con los
amigos y discutieron un poco más sobre el mensaje de esa noche. Cada
uno comentaba cómo Dios lo había conducido en su vida de maneras tan
diferentes. Eran más o menos las 22 horas cuando el joven se despidió
de sus amigos y se dirigió a su casa. Sentado en su automóvil,
suplicó: "¡Dios! Si aún hablas con las personas, habla conmigo, yo te
escucharé. Haré todo para obedecerte".
Mientras conducía por la avenida principal de la ciudad, tuvo un
pensamiento muy extraño, como si una voz hablase dentro de su cabeza:
"Para y compra un litro de leche". Él movió su cabeza y dijo en alto:
"Dios, ¿eres tú, Señor?". No obtuvo respuesta y continuó hacia su
casa. Sin embargo, de nuevo surgió el pensamiento: "Compra un litro de
leche". El joven pensó en Samuel y como él no reconoció la voz de
Dios, pero dijo: "¡Muy bien, Dios! En caso de ser el Señor, voy a
comprar la leche". Esto no parece ser una prueba de obediencia muy
difícil."
Total, él podría también usar la leche. Así que paró, compró la leche
y reinició su camino a casa. Cuando pasaba por la séptima avenida,
nuevamente sintió un pedido: "Gira en aquella calle". Esto es una
locura, pensó, y pasó de largo el giro. Otra vez sintió que debería
haber girado en la séptima avenida. En el siguiente retorno, él giró y
se dirigió por la séptima avenida. Medio bromeando, dijo en voz alta:
"Muy bien, Dios, lo haré". Siguió avanzando por algunas cuadras.
cuando de pronto sintió que debía parar. Se detuvo y miró a su
alrededor.
Era un área mixta comercial y residencial. No era la mejor área, pero
tampoco la peor de la vecindad. Los negocios estaban cerrados y la
mayoría de las casas estaban a oscuras, como si las personas ya se
hubiesen ido a dormir, excepto una del otro lado de la calle que
estaba cerca. De nuevo sintió algo: "Ve y dale la leche a las personas
que están en aquella casa del otro lado de la calle". El joven miró la
casa, entreabrió la puerta del coche, y dijo: "Señor, esto es una
locura. ¿Cómo puedo ir a una casa extraña en medio de la noche?".
Una vez más, sintió que debería ir a dar la leche. Finalmente, salió
añadiendo: "Muy bien, Dios, si eres el Señor, iré y entregaré la leche
a aquellas personas. Si el Señor quiere que yo parezca un idiota, muy
bien, yo quiero ser obediente. Pienso que esto va a contar para algo;
sin embargo, si ellos no responden enseguida, me iré en el mismo
acto".
Atravesó la calle y tocó el timbre, Pudo oír un barullo viniendo desde
dentro, parecido al llanto de una criatura. La voz de un hombre sonó
alto: "¿Quién está ahí? ¿Qué quiere?". La puerta se abrió antes de que
el joven pudiese huir. De pie, estaba un hombre vestido de jeans y
camiseta. Tenía un olor extraño y no parecía feliz de ver a un
desconocido de pie en su puerta. "¿Qué pasa?". El joven le entregó la
botella de leche. "Compré esto para ustedes".
El hombre tomó la leche y corrió adentro hablando alto. Después, una
mujer pasó por el corredor cargando la leche en dirección a la cocina.
El hombre seguía sosteniendo en brazos una criatura que lloraba.
Lágrimas corrían por el rostro del hombre y luego comenzó a hablar,
medio sollozando: "Nosotros oramos. Teníamos muchas cuentas que pagar
este mes y nuestro dinero se había acabado. No teníamos más leche para
nuestro bebé. Apenas recé le pedí a Dios que me mostrase una manera de
conseguir leche". Su esposa gritó desde la cocina: "Pedí a Dios que me
mandara un ángel con un poco... ¿Ud. es un ángel?”.
El joven tomó su billetera y sacó todo el dinero que había en ella y
lo colocó en las manos del hombre. Se dio media vuelta y se fue a su
vehículo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Él
experimentó que Dios todavía responde los pedidos justos y verdaderos.
“Vengan a mí”
Postrado a tus pies, oh Jesús mío, considerando las inefables muestras
de amor que me has dado y las sublimes lecciones que me enseña de
continuo tu adorable corazón, te pido humildemente la gracia de
conocerte, amarte y servirte como fiel discípulo tuyo. Mira que soy
muy pobre, buen Jesús, y necesito de tu generosidad. Mira que soy muy
rudo, soberano maestro, y necesito de tus divinas enseñanzas para luz
y guía de mi ignorancia. Mira que soy muy débil y necesito apoyarme en
ti para no desfallecer.
Sé todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, lumbre de mis
ojos, orientación de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda
necesidad. Tú me alentaste cuando con tiernas palabras dijiste
repetidas veces en el Evangelio: “Vengan a mí, aprendan de mí, pidan,
llamen”. A las puertas de tu corazón vengo ahora y llamo y pido y
espero. Te hago formal y decidida entrega de mi corazón, tómalo y dame
en cambio lo que sabes que ha de ser para mi bien aquí en la tierra y
para mi dicha eterna en el cielo. Amén.
En el día del padre
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja
granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su
cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y
ahora su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras lo llevaba a su
casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer
a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo frente a
un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su
bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños
hijos y le dio un beso a su esposa. Después me acompañó hasta el auto.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca
de lo que lo había visto hacer un rato antes.
"Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que yo no puedo
evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los
problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así
que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa.
Luego en la mañana los recojo otra vez". "Lo divertido es", dijo
sonriendo, "que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos
como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".
Sé lo mejor de ti mismo
Vive cada día en plenitud. Aprovecha al máximo cada hora, cada día y
cada época de tu vida. Así podrás mirar al futuro con confianza y al
pasado sin tristeza. Sé tu mismo. Pero sé lo mejor de ti mismo. Ten
valor de ser diferente y seguir tu propio camino. Y no tengas miedo de
ser feliz. Goza de lo bello.
Ama con toda tu alma y corazón. Cree que te aman aquellas personas a
quienes tú amas. Olvídate de lo que hayas hecho por tus amigos y
recuerda lo que ellos hicieron por ti. No repares lo que el mundo te
debe y fíjate lo que tú le debes al mundo. Cuando te enfrentes a una
decisión, tómala tan sabiamente como sea posible. Luego olvídala. El
momento de la certeza absoluta nunca llega.
Y sobre todo, recuerda que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos.
Obra como si todo dependiera de ti y reza como si todo dependiera de
Dios.
Un hijo de buen corazón
Un famoso artista inglés encontró una delicada solución para un
problema familiar que lo tenía apesadumbrado. Vivía el escultor con su
padre que, en otro tiempo, había sido apreciado como buen tallista.
Todavía el anciano pasaba sus días dedicado a sus obras de arte, pero
no eran pocas las noches en que, al irse a descansar, se lamentaba de
haber perdido su antigua habilidad por los achaques de la vejez.
Con el deseo de animar al anciano en su tristeza, el artista decidió
bajar sigilosamente todas las noches a dar unos retoques a la
escultura de su padre. En efecto, bastaban unas pocas correcciones,
para darle nueva brillantez al trabajo.
Cuando por la mañana el anciano volvía a su labor, la contemplación de
la escultura lo animaba de tal manera que exclamaba: — ¡En verdad no
está del todo mal, se puede todavía sacar algo muy hermoso!
Dios, ¿aún habla?
Un joven de vida espiritual fue a un grupo de estudio de la Biblia en
la casa de un matrimonio amigo. Esa noche el matrimonio dividió la
reunión entre oír a Dios y obedecer la Palabra del Señor. El joven
estaba interesado en saber si "Dios aun habla con las personas". Al
terminar el estudio de los dos temas, salió para tomar un café con los
amigos y discutieron un poco más sobre el mensaje de esa noche. Cada
uno comentaba cómo Dios lo había conducido en su vida de maneras tan
diferentes. Eran más o menos las 22 horas cuando el joven se despidió
de sus amigos y se dirigió a su casa. Sentado en su automóvil,
suplicó: "¡Dios! Si aún hablas con las personas, habla conmigo, yo te
escucharé. Haré todo para obedecerte".
Mientras conducía por la avenida principal de la ciudad, tuvo un
pensamiento muy extraño, como si una voz hablase dentro de su cabeza:
"Para y compra un litro de leche". Él movió su cabeza y dijo en alto:
"Dios, ¿eres tú, Señor?". No obtuvo respuesta y continuó hacia su
casa. Sin embargo, de nuevo surgió el pensamiento: "Compra un litro de
leche". El joven pensó en Samuel y como él no reconoció la voz de
Dios, pero dijo: "¡Muy bien, Dios! En caso de ser el Señor, voy a
comprar la leche". Esto no parece ser una prueba de obediencia muy
difícil."
Total, él podría también usar la leche. Así que paró, compró la leche
y reinició su camino a casa. Cuando pasaba por la séptima avenida,
nuevamente sintió un pedido: "Gira en aquella calle". Esto es una
locura, pensó, y pasó de largo el giro. Otra vez sintió que debería
haber girado en la séptima avenida. En el siguiente retorno, él giró y
se dirigió por la séptima avenida. Medio bromeando, dijo en voz alta:
"Muy bien, Dios, lo haré". Siguió avanzando por algunas cuadras.
cuando de pronto sintió que debía parar. Se detuvo y miró a su
alrededor.
Era un área mixta comercial y residencial. No era la mejor área, pero
tampoco la peor de la vecindad. Los negocios estaban cerrados y la
mayoría de las casas estaban a oscuras, como si las personas ya se
hubiesen ido a dormir, excepto una del otro lado de la calle que
estaba cerca. De nuevo sintió algo: "Ve y dale la leche a las personas
que están en aquella casa del otro lado de la calle". El joven miró la
casa, entreabrió la puerta del coche, y dijo: "Señor, esto es una
locura. ¿Cómo puedo ir a una casa extraña en medio de la noche?".
Una vez más, sintió que debería ir a dar la leche. Finalmente, salió
añadiendo: "Muy bien, Dios, si eres el Señor, iré y entregaré la leche
a aquellas personas. Si el Señor quiere que yo parezca un idiota, muy
bien, yo quiero ser obediente. Pienso que esto va a contar para algo;
sin embargo, si ellos no responden enseguida, me iré en el mismo
acto".
Atravesó la calle y tocó el timbre, Pudo oír un barullo viniendo desde
dentro, parecido al llanto de una criatura. La voz de un hombre sonó
alto: "¿Quién está ahí? ¿Qué quiere?". La puerta se abrió antes de que
el joven pudiese huir. De pie, estaba un hombre vestido de jeans y
camiseta. Tenía un olor extraño y no parecía feliz de ver a un
desconocido de pie en su puerta. "¿Qué pasa?". El joven le entregó la
botella de leche. "Compré esto para ustedes".
El hombre tomó la leche y corrió adentro hablando alto. Después, una
mujer pasó por el corredor cargando la leche en dirección a la cocina.
El hombre seguía sosteniendo en brazos una criatura que lloraba.
Lágrimas corrían por el rostro del hombre y luego comenzó a hablar,
medio sollozando: "Nosotros oramos. Teníamos muchas cuentas que pagar
este mes y nuestro dinero se había acabado. No teníamos más leche para
nuestro bebé. Apenas recé le pedí a Dios que me mostrase una manera de
conseguir leche". Su esposa gritó desde la cocina: "Pedí a Dios que me
mandara un ángel con un poco... ¿Ud. es un ángel?”.
El joven tomó su billetera y sacó todo el dinero que había en ella y
lo colocó en las manos del hombre. Se dio media vuelta y se fue a su
vehículo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Él
experimentó que Dios todavía responde los pedidos justos y verdaderos.
“Vengan a mí”
Postrado a tus pies, oh Jesús mío, considerando las inefables muestras
de amor que me has dado y las sublimes lecciones que me enseña de
continuo tu adorable corazón, te pido humildemente la gracia de
conocerte, amarte y servirte como fiel discípulo tuyo. Mira que soy
muy pobre, buen Jesús, y necesito de tu generosidad. Mira que soy muy
rudo, soberano maestro, y necesito de tus divinas enseñanzas para luz
y guía de mi ignorancia. Mira que soy muy débil y necesito apoyarme en
ti para no desfallecer.
Sé todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, lumbre de mis
ojos, orientación de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda
necesidad. Tú me alentaste cuando con tiernas palabras dijiste
repetidas veces en el Evangelio: “Vengan a mí, aprendan de mí, pidan,
llamen”. A las puertas de tu corazón vengo ahora y llamo y pido y
espero. Te hago formal y decidida entrega de mi corazón, tómalo y dame
en cambio lo que sabes que ha de ser para mi bien aquí en la tierra y
para mi dicha eterna en el cielo. Amén.
En el día del padre
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja
granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su
cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y
ahora su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras lo llevaba a su
casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer
a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo frente a
un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su
bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños
hijos y le dio un beso a su esposa. Después me acompañó hasta el auto.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca
de lo que lo había visto hacer un rato antes.
"Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que yo no puedo
evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los
problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así
que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa.
Luego en la mañana los recojo otra vez". "Lo divertido es", dijo
sonriendo, "que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos
como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".
Sé lo mejor de ti mismo
Vive cada día en plenitud. Aprovecha al máximo cada hora, cada día y
cada época de tu vida. Así podrás mirar al futuro con confianza y al
pasado sin tristeza. Sé tu mismo. Pero sé lo mejor de ti mismo. Ten
valor de ser diferente y seguir tu propio camino. Y no tengas miedo de
ser feliz. Goza de lo bello.
Ama con toda tu alma y corazón. Cree que te aman aquellas personas a
quienes tú amas. Olvídate de lo que hayas hecho por tus amigos y
recuerda lo que ellos hicieron por ti. No repares lo que el mundo te
debe y fíjate lo que tú le debes al mundo. Cuando te enfrentes a una
decisión, tómala tan sabiamente como sea posible. Luego olvídala. El
momento de la certeza absoluta nunca llega.
Y sobre todo, recuerda que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos.
Obra como si todo dependiera de ti y reza como si todo dependiera de
Dios.
Un hijo de buen corazón
Un famoso artista inglés encontró una delicada solución para un
problema familiar que lo tenía apesadumbrado. Vivía el escultor con su
padre que, en otro tiempo, había sido apreciado como buen tallista.
Todavía el anciano pasaba sus días dedicado a sus obras de arte, pero
no eran pocas las noches en que, al irse a descansar, se lamentaba de
haber perdido su antigua habilidad por los achaques de la vejez.
Con el deseo de animar al anciano en su tristeza, el artista decidió
bajar sigilosamente todas las noches a dar unos retoques a la
escultura de su padre. En efecto, bastaban unas pocas correcciones,
para darle nueva brillantez al trabajo.
Cuando por la mañana el anciano volvía a su labor, la contemplación de
la escultura lo animaba de tal manera que exclamaba: — ¡En verdad no
está del todo mal, se puede todavía sacar algo muy hermoso!
jueves, 10 de mayo de 2012

Córdoba - Argentina
Las tres pipas
Una vez, un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para
informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. ¡Quería ir inmediatamente y matarlo sin
piedad! El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a
hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo, llenara su pipa de
tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.
El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol.
Tardó una hora en terminar la pipa. Luego, sacudió las cenizas y
decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado
mejor, que era excesivo matar a su enemigo, pero que sí le daría una
paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa. Nuevamente,
el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que, ya que
había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla
al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y pasó
media hora meditando.
Después, regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba
excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en
cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como
siempre, fue escuchado con bondad, pero el anciano volvió a ordenarle
que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores.
El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al
árbol centenario, y allí sentado, fue convirtiendo en humo su tabaco y
su encono. Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo
mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi
agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente
se arrepentirá de lo que ha hecho". El jefe le regaló dos cargas de
tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: -
"Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo
yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".
Oración a Jesús crucificado
Mírame, oh mi amado y buen Jesús, postrado en tu presencia; te ruego
con el mayor fervor imprimas en mi corazón vivos sentimientos de fe,
esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y propósito
firmísimo de jamás ofenderte; mientras que yo, con todo el amor y con
toda la compasión de mi alma, voy contemplando tus cinco llagas,
comenzando por aquello que dijo de ti el santo profeta David: “Han
taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos”.
El globo negro
Un niño negro contemplaba extasiado al vendedor de globos en la feria
del pueblo. El pueblo era pequeño y el vendedor había llegado pocos
días atrás, por lo tanto no era una persona conocida. En pocos días la
gente se dio cuenta de que era un excelente vendedor ya que usaba una
técnica muy singular que lograba captar la atención de niños y
grandes. En un momento soltó un globo rojo y toda la gente,
especialmente los potenciales, pequeños clientes, miraron como el
globo remontaba vuelo hacia el cielo. Luego soltó un globo azul,
después uno verde, después uno amarillo, uno blanco... Todos ellos
remontaron vuelo al igual que el globo rojo...
El niño negro, sin embargo, miraba fijamente sin desviar su atención,
un globo negro que aún sostenía el vendedor en su mano. Finalmente
decidió acercarse y le preguntó al vendedor: “Señor, si soltara usted
el globo negro, ¿subiría tan alto como los demás?” El vendedor sonrió
comprensivamente al niño, soltó el cordel con que tenía sujeto el
globo negro y, mientras éste se elevaba hacia lo alto, dijo: “No es el
color lo que hace subir, hijo. Es lo que hay adentro”.
El barquero y el filósofo
Estaba Nasruddín trabajando de barquero cuando se le acercó un
filósofo pedante para que lo cruzara al otro lado del ancho río.
Una vez en la barca y para mostrar a Nasruddin sus conocimientos y su
“superioridad”, el intelectual ostentoso le preguntó: —¿Has estudiado
alguna vez metafísica?
— No, respondió el barquero. Ni siquiera sé qué significa esa palabra.
— ¡Pues has perdido la mitad de tu vida! Le dijo el filósofo.
Después de un rato y cuando estaban en medio del ancho río, empezó a
caer un verdadero diluvio y Nasruddín le preguntó al filósofo
presumido:
—¿Sabe usted nadar?
— No, le dijo aquel.
— Pues entonces ha perdido usted toda su vida, ¡nos estamos hundiendo!
El pequeño clavo
Se construyó una nueva Iglesia y de todas partes acudía gente para
admirarla. Pasaban horas admirando su belleza. Arriba, en lo alto, en
las maderas del tejado, había un pequeño clavo testigo de todo lo que
ocurría. Oía cómo alababan cada detalle de tan encantadora estructura.
Pero nadie lo mencionaba a él. Ni siquiera sabían que estaba allí, y
se sintió irritado y lleno de envidia. ¡Si soy tan insignificante,
nadie echará de menos mi falta!
Entonces el clavo decidió dejar de hacer presión sobre la madera y se
fue deslizando hasta caer al suelo. Aquella noche llovió mucho. Donde
faltaba el clavo, el tejado comenzó a ceder, separándose las tejas. El
agua corrió por las paredes y los bonitos murales. El yeso comenzó a
caerse, la alfombra se manchó y el Misal quedó arruinado por el agua.
Todo esto porque un pequeño clavo desistió de su trabajo. ¿Y el clavo?
Al asegurar las maderas del tejado, pasaba desapercibido, pero era
útil. Ahora, enterrado en el barro, olvidado e inútil, acabó carcomido
por el óxido.
lunes, 9 de abril de 2012
Compartir Nº124, abril 2012
Grave accidente de moto
Me llamaron para visitar a un joven en su casa. Era un caso distinto a
todos los demás. Se llama... no importa el nombre, pero sí es
importante su historia. No es la historia de todos pero sí la de
muchos jóvenes. No es fácil mirar al futuro teniendo 23 años y una
columna vertebral partida en cien pedazos, como consecuencia de un
grave accidente.
No podía salir de su casa, y por ello decidí visitarlo. Su hogar era
una casa espaciosa, con un bien cuidado jardín a la entrada. La luz
entraba tenue por entre las cortinas que, entreabiertas, daban la
visión de otro jardín enorme, con árboles y flores, con piscina, y una
cancha de tenis bien cuidada. El silencio que allí reinaba era
sepulcral. Nadie hablaba. En medio de la sala, un joven fortachón,
pelo largo, ojos apagados, sentado en una silla de ruedas, me miró e
intentó sonreír, pero no pudo.
"Pablo... -me dijo- ¿para qué mi colegio, mi universidad, mis inicios
de postgrado en Inglaterra? ¿Para qué mis clases de fútbol, de
ajedrez?... Nunca me preparé para caerme de una moto y quedar
inválido. Mis padres decían: Tenemos un hijo que va a ser nuestro
orgullo. Tú, -decía mi padre- serás el continuador de mi imperio, y
serás temido entre mis competidores, porque yo te estoy preparando
para ser un triunfador...
Tenía todo... me faltaba una moto, también la tuve. La mejor: 750
cilindradas. ¡Una bala! Tuve la moto, y con ella lo creí tener todo...
pero nunca tuve a Dios. No lo necesitaba. No estaba en mis planes, ni
en los planes de mis padres. Nuestra ruta era la del triunfo, y Dios
no estaba en nuestro camino.
Un día, había llovido toda la noche. La ruta estaba mojada. Yo quise
arriesgar y vivir al límite de mis posibilidades, pero... la moto rodó
por el asfalto, y me golpeé contra el suelo. Mi columna se partió en
cien pedazos. Meses de hospital, recuperaciones, futuro incierto.
Nunca me prepararon para esto. Se olvidaron de mí, y me olvidé de mi
alma. Díselo tú a la gente. A mí no me van a creer. Simplemente
descríbeme, y mi imagen es la más clara necesidad de Dios.
“Para ser un triunfador en la vida, hay que empezar, seguir y terminar
en Dios. Sólo así, con un espíritu fortalecido en la fe, podrás
sentirte un hombre triunfador. Uno hace una casa para construir un
hogar, y así, cuando llueva, tener dónde resguardarnos. Uno no tiene a
Dios en su alma para cuando sufras un accidente, o te dé cáncer, o te
despidan del trabajo... No. Tienes a Dios para ser feliz, El te
resguardará del peligro y, si te pasa algo, Él te dará consuelo. ¡Dios
te bendice!”
Experto en el problema
Una vez iba un hombre en su automóvil por una larga y muy solitaria
carretera, cuando de pronto su auto comenzó a detenerse hasta quedar
estático. El hombre bajó, lo revisó, trató de averiguar qué era lo que
tenía. Pensaba que pronto podría encontrar la falla del auto pues
hacía muchos años que lo conducía, sin embargo después de un largo
rato se dio cuenta de que no encontraba el problema del motor.
En ese momento apareció otro auto, del cual bajó un hombre a ofrecerle
ayuda. El dueño del primer auto dijo: - Mira, éste es mi auto de toda
la vida, lo conozco como la palma de mi mano. No creo que tú sin ser
el dueño puedas hacer algo. El otro hombre insistió con una cierta
sonrisa, hasta que finalmente el primer hombre dijo:
- Bueno, haz el intento pero dudo mucho que puedas lograrlo. El
segundo hombre echó manos a la obra y en pocos minutos pudo detectar
la falla que tenía el auto y lo hizo arrancar. El primer hombre quedó
atónito y preguntó: -¿Cómo pudiste ponerlo en marcha tan rápido? El
segundo hombre contestó: - Verás, mi nombre es Félix Wankel....yo
inventé el motor rotatorio que tiene tu coche.
Cuando no puedas resolver alguno de esos problemas difíciles de la
vida, pídele orientación y ayuda al que te conoce por haberte creado:
Dios.
¿Qué ves?
Cierto día, hace muchísimos años, un comerciante rico y avaro, acudió
a un sabio sacerdote en busca de orientación. Éste lo llevó ante una
ventana y le dijo:
—Mira a través de este vidrio y dime: ¿qué ves?
—Gente -contestó el rico comerciante.
—Mírate en este espejo. ¿Qué ves ahora?
—Me veo a mí mismo -le contestó al instante el avaro-.
—He ahí, hermano, -le dijo entonces el santo varón- en la ventana hay
un vidrio y en el espejo también. Pero ocurre que el vidrio del espejo
está cubierto con un poquito de plata, y en cuanto hay un poco de
plata de por medio, dejamos de ver a los demás y sólo nos vemos a
nosotros mismos.
Hombres de paz
En New London, una ciudad pequeña de Conneticut, se dispuso una semana
de moratoria de las armas: los ciudadanos fueron invitados por el
alcalde a entregar las armas que poseían, con la promesa de que no
serían interrogados por la policía, ni se despediría nombres ni otros
datos.
El único que se presentó hasta el momento de esta nota a la central de
policía como respuesta al llamamiento fue Robert Allen, de cuatro
años. Con expresión extremadamente seria, Robert entregó a un agente
dos pistolas metálicas, un revolver de plástico y un fusil-radio del
“servicio secreto”.
Robert al entregar sus armas expresó: —Entrego mis armas porque no
deseo matar a nadie.
Robert Allen fue acompañado a la policía por una dama, su madre, quien
expresó: —La idea fue de él, y me obligó a acompañarlo.
Jesús dijo: —Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro
muere (Mateo 26, 52).
Rosarito de la Divina Misericordia
El mismo Jesús enseñó esta “coronilla” o pequeño rosario a santa
Faustina Kowalska. Se reza especialmente para pedir la conversión de
los pecadores, pero con ella puedes implorar cualquier otra gracia al
Señor.
Se comienza rezando un padrenuestro, avemaría y credo. Luego, con un
rosario, en las cuentas correspondientes al padrenuestro se reza esta
invocación: “Padre eterno, te ofrezco el cuerpo y la sangre, el alma y
la divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en
expiación de nuestros pecados y los del mundo entero”. Y en las
cuentas del avemaría: “Por su dolorosa pasión ten misericordia de
nosotros y del mundo entero”. Al final de las cincuenta invocaciones,
se dirá por tres veces: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten
piedad de nosotros y del mundo entero”.
“A quienes recen este Rosario me complazco en darles los que me piden.
¡Oh qué gracias más grandes concederé a las almas que recen este
Rosario. Las entrañas de mi misericordia se enternecen por los que
rezan este Rosario. Quienquiera que lo rece recibirá gran misericordia
a la hora de la muerte. Los sacerdotes se lo recomendarán a los
pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más
empedernido, si reza este Rosario una sola vez, recibirá la gracia de
mi misericordia infinita. Deseo que el mundo enero conozca mi
misericordia.” Palabras de Jesús a Santa Faustina Kowalska.
Grave accidente de moto
Me llamaron para visitar a un joven en su casa. Era un caso distinto a
todos los demás. Se llama... no importa el nombre, pero sí es
importante su historia. No es la historia de todos pero sí la de
muchos jóvenes. No es fácil mirar al futuro teniendo 23 años y una
columna vertebral partida en cien pedazos, como consecuencia de un
grave accidente.
No podía salir de su casa, y por ello decidí visitarlo. Su hogar era
una casa espaciosa, con un bien cuidado jardín a la entrada. La luz
entraba tenue por entre las cortinas que, entreabiertas, daban la
visión de otro jardín enorme, con árboles y flores, con piscina, y una
cancha de tenis bien cuidada. El silencio que allí reinaba era
sepulcral. Nadie hablaba. En medio de la sala, un joven fortachón,
pelo largo, ojos apagados, sentado en una silla de ruedas, me miró e
intentó sonreír, pero no pudo.
"Pablo... -me dijo- ¿para qué mi colegio, mi universidad, mis inicios
de postgrado en Inglaterra? ¿Para qué mis clases de fútbol, de
ajedrez?... Nunca me preparé para caerme de una moto y quedar
inválido. Mis padres decían: Tenemos un hijo que va a ser nuestro
orgullo. Tú, -decía mi padre- serás el continuador de mi imperio, y
serás temido entre mis competidores, porque yo te estoy preparando
para ser un triunfador...
Tenía todo... me faltaba una moto, también la tuve. La mejor: 750
cilindradas. ¡Una bala! Tuve la moto, y con ella lo creí tener todo...
pero nunca tuve a Dios. No lo necesitaba. No estaba en mis planes, ni
en los planes de mis padres. Nuestra ruta era la del triunfo, y Dios
no estaba en nuestro camino.
Un día, había llovido toda la noche. La ruta estaba mojada. Yo quise
arriesgar y vivir al límite de mis posibilidades, pero... la moto rodó
por el asfalto, y me golpeé contra el suelo. Mi columna se partió en
cien pedazos. Meses de hospital, recuperaciones, futuro incierto.
Nunca me prepararon para esto. Se olvidaron de mí, y me olvidé de mi
alma. Díselo tú a la gente. A mí no me van a creer. Simplemente
descríbeme, y mi imagen es la más clara necesidad de Dios.
“Para ser un triunfador en la vida, hay que empezar, seguir y terminar
en Dios. Sólo así, con un espíritu fortalecido en la fe, podrás
sentirte un hombre triunfador. Uno hace una casa para construir un
hogar, y así, cuando llueva, tener dónde resguardarnos. Uno no tiene a
Dios en su alma para cuando sufras un accidente, o te dé cáncer, o te
despidan del trabajo... No. Tienes a Dios para ser feliz, El te
resguardará del peligro y, si te pasa algo, Él te dará consuelo. ¡Dios
te bendice!”
Experto en el problema
Una vez iba un hombre en su automóvil por una larga y muy solitaria
carretera, cuando de pronto su auto comenzó a detenerse hasta quedar
estático. El hombre bajó, lo revisó, trató de averiguar qué era lo que
tenía. Pensaba que pronto podría encontrar la falla del auto pues
hacía muchos años que lo conducía, sin embargo después de un largo
rato se dio cuenta de que no encontraba el problema del motor.
En ese momento apareció otro auto, del cual bajó un hombre a ofrecerle
ayuda. El dueño del primer auto dijo: - Mira, éste es mi auto de toda
la vida, lo conozco como la palma de mi mano. No creo que tú sin ser
el dueño puedas hacer algo. El otro hombre insistió con una cierta
sonrisa, hasta que finalmente el primer hombre dijo:
- Bueno, haz el intento pero dudo mucho que puedas lograrlo. El
segundo hombre echó manos a la obra y en pocos minutos pudo detectar
la falla que tenía el auto y lo hizo arrancar. El primer hombre quedó
atónito y preguntó: -¿Cómo pudiste ponerlo en marcha tan rápido? El
segundo hombre contestó: - Verás, mi nombre es Félix Wankel....yo
inventé el motor rotatorio que tiene tu coche.
Cuando no puedas resolver alguno de esos problemas difíciles de la
vida, pídele orientación y ayuda al que te conoce por haberte creado:
Dios.
¿Qué ves?
Cierto día, hace muchísimos años, un comerciante rico y avaro, acudió
a un sabio sacerdote en busca de orientación. Éste lo llevó ante una
ventana y le dijo:
—Mira a través de este vidrio y dime: ¿qué ves?
—Gente -contestó el rico comerciante.
—Mírate en este espejo. ¿Qué ves ahora?
—Me veo a mí mismo -le contestó al instante el avaro-.
—He ahí, hermano, -le dijo entonces el santo varón- en la ventana hay
un vidrio y en el espejo también. Pero ocurre que el vidrio del espejo
está cubierto con un poquito de plata, y en cuanto hay un poco de
plata de por medio, dejamos de ver a los demás y sólo nos vemos a
nosotros mismos.
Hombres de paz
En New London, una ciudad pequeña de Conneticut, se dispuso una semana
de moratoria de las armas: los ciudadanos fueron invitados por el
alcalde a entregar las armas que poseían, con la promesa de que no
serían interrogados por la policía, ni se despediría nombres ni otros
datos.
El único que se presentó hasta el momento de esta nota a la central de
policía como respuesta al llamamiento fue Robert Allen, de cuatro
años. Con expresión extremadamente seria, Robert entregó a un agente
dos pistolas metálicas, un revolver de plástico y un fusil-radio del
“servicio secreto”.
Robert al entregar sus armas expresó: —Entrego mis armas porque no
deseo matar a nadie.
Robert Allen fue acompañado a la policía por una dama, su madre, quien
expresó: —La idea fue de él, y me obligó a acompañarlo.
Jesús dijo: —Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro
muere (Mateo 26, 52).
Rosarito de la Divina Misericordia
El mismo Jesús enseñó esta “coronilla” o pequeño rosario a santa
Faustina Kowalska. Se reza especialmente para pedir la conversión de
los pecadores, pero con ella puedes implorar cualquier otra gracia al
Señor.
Se comienza rezando un padrenuestro, avemaría y credo. Luego, con un
rosario, en las cuentas correspondientes al padrenuestro se reza esta
invocación: “Padre eterno, te ofrezco el cuerpo y la sangre, el alma y
la divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en
expiación de nuestros pecados y los del mundo entero”. Y en las
cuentas del avemaría: “Por su dolorosa pasión ten misericordia de
nosotros y del mundo entero”. Al final de las cincuenta invocaciones,
se dirá por tres veces: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten
piedad de nosotros y del mundo entero”.
“A quienes recen este Rosario me complazco en darles los que me piden.
¡Oh qué gracias más grandes concederé a las almas que recen este
Rosario. Las entrañas de mi misericordia se enternecen por los que
rezan este Rosario. Quienquiera que lo rece recibirá gran misericordia
a la hora de la muerte. Los sacerdotes se lo recomendarán a los
pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más
empedernido, si reza este Rosario una sola vez, recibirá la gracia de
mi misericordia infinita. Deseo que el mundo enero conozca mi
misericordia.” Palabras de Jesús a Santa Faustina Kowalska.
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