domingo, 9 de octubre de 2011

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Hoja formativa Nº 118, octubre 2011

Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio

CÓRDOBA - Argentina

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¿A quién salvo?

Era la reunión del domingo por la noche de un grupo apostólico en una iglesia de la comunidad. Después que cantaron los himnos, el sacerdote de la iglesia se dirigió al grupo y presentó a un orador invitado; se trataba de uno de sus amigos de la infancia, ya entrado en años. Mientras todos lo seguían con la mirada, el anciano ocupó el ambón y comenzó a contar esta historia:

"Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo estaban navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico, cuando una tormenta les impidió volver a tierra firme. Las olas se encresparon tanto que el padre, a pesar de ser un marinero de experiencia, no pudo mantener a flote la embarcación, y las aguas del océano arrastraron a los tres".



Al decir esto, el anciano se detuvo un momento y miró a dos adolescentes que por primera vez desde que comenzó la plática estaban mostrando interés; y siguió narrando: "El padre logró agarrar una soga, pero luego tuvo que tomar la decisión más terrible de su vida: escoger a cuál de los dos muchachos tirarle el otro extremo de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse. El padre sabía que su hijo era un buen cristiano, y también sabía que el amigo de su hijo no lo era. La agonía de la decisión era mucho mayor que los embates de las olas. Miró en dirección a su hijo y le gritó: ¡Te quiero, hijo mío!, y le tiró la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó al amigo llegar hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció bajo los fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás lograron encontrar su cuerpo".



Los dos adolescentes estaban escuchando con suma atención, atentos a las próximas palabras que pronunciaría el orador invitado. "El padre" -continuó el anciano- "sabía que su hijo pasaría la eternidad con Cristo, y no podía soportar el hecho de que el amigo de su hijo no estuviera preparado para encontrarse con Dios. Por eso sacrificó a su hijo. ¡Cuán grande es el amor de Dios que lo impulsó a hacer lo mismo por nosotros!". Dicho esto, el anciano volvió a sentarse, y hubo un tenso silencio.

Pocos minutos después de concluida la reunión, los dos adolescentes se encontraron con el anciano. Uno de ellos le dijo cortésmente: "Esa fue una historia bonita, pero a mí me cuesta trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo con la ilusión de que el otro muchacho algún día decidiera seguir a Cristo". "Tienes toda la razón", le contestó el anciano mientras miraba su Biblia gastada por el uso. Y mientras sonreía, miró fijamente a los dos jóvenes y les dijo: "Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por mí. A mí también me costaría trabajo creerlo, si no fuera porque el amigo de ese hijo era yo."



Ante la naturaleza

Padre, tú has creado este universo para que me ayude a conocerte mejor y a amarte mejor. Cada rayo de luz, cada flor, cada nuevo paisaje a la vuelta del camino es un mensajero oportuno que me invita, por senderos fáciles, a subir hasta ti. El rocío de la noche y el gallo que canta por la mañana, el viento que murmura al pasar y el pan sobre la mesa, todo me habla de tu bondad.

Pero me falta la atención del corazón para encontrarte en todas las cosas. Consérvame un alma vibrante, entusiasta, un alma joven, que no se canse de leer el poema de la Naturaleza. Ayúdame a encontrar bajo los colores y los sonidos tu pensamiento divino, como el lector encuentra, bajo las letras del libro, el pensamiento del autor.

¡Que la Naturaleza sea para mí un templo grandioso, donde cada detalle me revele tu gloria, tu poder y tu bondad!



Una antigua leyenda

Un niño que estaba por nacer, le dijo a Dios: — Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra, pero ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy?

— Entre muchos ángeles elegí uno para ti, el te cuidará. Tu ángel te cantará y te dirá palabras dulces y tiernas. Y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar. —Y, ¿qué haré cuando quiera hablar contigo?

—Tu ángel te juntará las manitas y te enseñará a orar. — He oído que en la Tierra hay hombres malos ¿quién me defenderá? —Tu ángel te defenderá aun a costa de su propia vida. —Pero estaré siempre triste porque no te veré más, Señor.

—Tu ángel te hablará de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado. En ese instante, ya se oían voces, y el niño presuroso, repetía angustiado. — Dios mío, si ya me voy, dime ¿cómo se llama mi ángel?

—Su nombre no importa, tú la llamarás “¡mamá!”.



Ejemplo de amor

Cierto día, una gigantesca águila de Escocia arrebató de su madre a un bebé dormido. Enseguida, toda la gente de la aldea se movilizó para ofrecer su ayuda. Pero el águila no tardó en posarse sobre un elevado despeñadero, por lo que todos temieron por la suerte de la criatura.

Un marino intentó ascender, pero se vio obligado a desistir de su empeño. Luego, trató de subir un robusto montañés, acostumbrado a escalar los cerros de la región. Pero su esfuerzo fue en vano. Por fin, se adelantó una humilde campesina, quien fue afirmando sus pies en una saliente tras otra de la roca, hasta llegar a la cumbre del despeñadero. Mientras temblaban los corazones de los observadores, la mujer descendió paso a paso, hasta que, en medio de los gritos de los aldeanos, regresó con el bebé junto a su pecho.



¿Por qué esa mujer tuvo éxito donde el fuerte marino y el experimentado montañés habían fracasado? Porque ella tenía un gran amor hacia la criatura. ¡Era su madre! Su amor maternal la había llevado a arriesgar su vida, con tal de salvar a su pequeño hijo.



Cariño maternal

Ven para acá, me dijo dulcemente

mi madre cierto día,

–aún parece que escucho en el ambiente,

de su voz la celeste melodía–.



Ven y dime qué causas tan extrañas

te arrancan esa lágrima, hijo mío,

que cuelga de tus trémulas pestañas

como gota cuajada de rocío.



Tú tienes una pena y me la ocultas.

¿No sabes que la madre más sencilla

sabe leer en el alma de sus hijos

como tú en la cartilla?



¿Quieres que te adivine lo que sientes?

Ven acá, pilluelo,

que con un par de besos en la frente

disiparé las nubes de tu cielo.



Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije.

Las causas de mis lágrimas ignoro.

pero de vez en cuando

se me oprime el corazón lloro.



Ella inclinó la frente pensativa,

se turbó su pupila,

y enjugando sus ojos y los míos,

me dijo más tranquila:



Llama siempre a tu madre cuando sufras,

que vendrá, muerta o viva,

si está en el mundo, a compartir tus penas

y si no, a consolarte desde arriba. Olegario V. Andrade

jueves, 8 de septiembre de 2011


Hoja formativa Nº 117, septiembre 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


Violines
Tres jóvenes vecinos, Salvatore, Julio y Antonino, vivían y jugaban en
Cremona, Italia, a mediados del siglo XVII. Salvatore tenía una voz
hermosa, y Julio lo acompañaba tocando el violín, mientras tocaban en
las plazas o cantaban serenatas a las prometidas de los novios
ocasionales que recurrían a sus servicios.
Aunque a Antonino le encantaba la música, su voz chirriante hacía que
la gente se burlara de él. No obstante, Antonino no carecía de
talento. Su posesión más valiosa era una navaja de bolsillo, con la
que hacía unas preciosas figuras en trozos de madera. Un día de
fiesta, los tres amigos salieron para la plaza de la catedral.
Mientras caminaban, Antonino reflexionaba respecto a su incapacidad
para cantar. Eso hacía llorar su corazón, porque amaba la música tanto
como los otros.
Una vez en la plaza, Julio tomó el violín, en tanto que Salvatore
cantaba con su potente voz de tenor. La gente se detenía a
escucharlos, y la mayoría dejaba una o dos monedas para los andrajosos
muchachos. Un anciano salió de la multitud, los felicitó y puso una
brillante moneda en la mano de Salvatore.

El muchacho abrió la mano y exclamó: ¡Miren! es una moneda de oro. Los
tres muchachos estaban entusiasmados y se pasaban la moneda entre sí.
— Pero ese anciano muy bien puede permitirse dar limosnas de esa
cantidad –dijo Julio- es el gran Amati. —¿Y quién es Amati?, ¿y por
qué es grande? –preguntó tímidamente Antonino. —Amati es el gran
"promotor de música" –respondió Salvatore– , él fabrica los mejores
violines de Italia, y vive en nuestra ciudad.
Su corazón empezó a latir fuertemente y una idea cruzó por su mente. A
la mañana siguiente, el joven salió de casa llevando consigo su
preciosa navaja y algunas cosas que con ella había hecho: un bello
pájaro, un cofre, una flauta, varias estatuillas y un precioso barco
de madera. Tocó a la puerta del gran maestro, y le dijo: —Traje estas
cosas para que usted las vea, señor –mientras mostraba el producto de
sus manos– ¿seré digno de ser su aprendiz?

El maestro Amati, con cuidado, recogió y examinó cada pieza,
deteniéndose en la exquisitez de los detalles del pequeño barco, e
invitó a Antonino a entrar a su casa. —¿Y por qué quieres hacer
violines? –Inquirió el anciano artista. —Porque amo la música, pero no
puedo cantar, pues mi voz suena como una bisagra que rechina. Ayer
usted dio una moneda a mis amigos, en la plaza de la Catedral. Yo
también quiero hacer que la música tome vida, concluyó Antonino.

En muy poco tiempo se convirtió en discípulo del gran artista. Después
de algunos años no había secreto en la fabricación de un violín, de
sus setenta diferentes partes, que él no conociera. Cuando cumplió 22
años de edad, su maestro le permitió poner su propio nombre en un
violín que había fabricado. Durante su vida Antonino fabricó más de
mil cien de ellos, tratando de hacer cada uno mejor y más bello que el
anterior. Cualquier persona que posea un violín fabricado por Antonino
Stradivarius es dueño de un tesoro, de una obra maestra.

Jóvenes responsables
“Me sorprende cómo celebran nuestros jóvenes la llegada de sus 18
años: se emborrachan, fuman, con grandes fiestas, frecuentan lugares
del todo impropios. Se presentan como adultos en la sociedad,
rompiendo sus leyes.
Cuando un joven aborigen de la tribu Maui de las islas del Pacífico
llega a la mayoría de edad, las cosas son diferentes. Se le somete a
una prueba, para comprobar si es realmente maduro, adulto, y capaz de
llevar una vida responsable, y de formar una familia. El joven tiene
que construir una piragua con sus propias manos y navegar, totalmente
solo, por más de 500 kilómetros de mar abierto, hasta una lejana isla,
de la cual debe traer una flor exótica de vuelta a casa. Debe sortear
todo tipo de peligros”.
La auténtica madurez se consigue cuando asumimos nuestras
limitaciones. Cuando sabemos convivir con las frustraciones producidas
ante acontecimientos insuperables. Cuando nuestras metas y objetivos
se asientan sobre un plano real, relegando nuestras fantasías al campo
de la ensoñación, sabiendo en todo momento que no somos dioses ni
superhombres.

Felices los jóvenes
Que tienen un corazón nuevo: ¡renueven el mundo!
Que tienen ojos limpios: ¡defiendan la pureza!
Que tienen manos fuertes: ¡construyan la justicia y la paz!
Que tienen sed de verdad: ¡búsquenla en Jesucristo!
Que se asoman inquietos a la vida: ¡sea para ustedes guía y maestra!
Que luchan contra la tristeza y el hastío: ¡sean profetas de esperanza!
Que ofrecen su vida: ¡sean constructores del Reino de Dios!
Que son predilectos y amados: ¡difundan amistad y alegría!

¡Ladrones, ladrones!
Siendo muy joven y de porte elegante, antes de que entrara al
convento, san Bernardo iba en cierta ocasión, cabalgando lejos de su
casa con varios amigos. La noche los sorprendió, por lo que buscaron
hospitalidad en una casa.
La dueña los recibió bien, e insistió en que Bernardo, como jefe del
grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche, la mujer se
presentó en la habitación con intenciones deshonestas. Bernardo, en
cuanto se dio cuenta de lo que ocurría, fingió con gran presencia de
ánimo creer que se trataba de un intento de robo, y con toda su fuerza
empezó a gritar: —¡Ladrones, ladrones! La intrusa se alejó
rápidamente.
Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba, sus amigos empezaron a
bromear sobre el imaginario ladrón, pero Bernardo, contestó con calma:
—No fue ningún sueño. El ladrón entró sin duda en la habitación, pero
no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor.

domingo, 7 de agosto de 2011


Hoja formativa Nº 116, agosto 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina
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Mamá, ¿por qué yo tengo que morir?
El día de mi muerte era tan común como cualquier otro; mi novio no
podía ir a la fiesta y te pedí mamá que me prestaras tu coche. Entre
muchos ruegos y súplicas, accediste; me dirigí a la fiesta, pero
siempre me acordé de lo que me dijiste, me pediste que no bebiera alcohol. Por eso, sólo me tomé un refresco. Sentí orgullo de mí misma,
tal y como me dijiste que sentiría. Me dijiste que no debería beber y
conducir, al contrario de lo que algunos amigos me dijeron. Hice una
elección saludable y tu consejo fue correcto, como todos los que me
das siempre.
Cuando la fiesta finalmente se acabó, la gente empezó a conducir, sin
estar en condiciones de hacerlo. Fui hasta mi auto, con la certeza de
que volvería a casa en paz. Nunca me imaginé lo que me esperaba. ¿Cómo
sucedió el accidente?, eso no importa, ahora estoy tirada en la calle,
y oigo a un policía decir: "El chico que provocó este accidente iba
borracho". Mamá, su voz parece tan distante. Mi sangre está derramada
por todos lados, tengo vidrios encajados en todo mi cuerpo y estoy
intentando con todas mis fuerzas no llorar. Puedo oír a los médicos
decir: "Esta chica va a morir".

Tengo la certeza de que el joven, que manejaba a toda velocidad,
decidió beber y conducir; y ahora yo tengo que morir. ¿Por qué las
personas hacen eso, mamá, sabiendo que esto va a arruinar muchas
vidas? El dolor me está cortando como un centenar de cuchillos
afilados. Dile a mi hermana que no llore; dile a mi novio que me
hubiera encantado formar una familia con él, y que lo amó; dile a papá
que sea fuerte y, cuando vaya al cielo, estaré velando por todos
ustedes. Alguien debería haberle enseñado a aquel chico, que está mal
beber y conducir. Tal vez si sus padres se lo hubieran dicho, yo ahora
no estaría muriendo.
Mi respiración se está debilitando cada vez más. Mamá, éstos son mis
últimos momentos y me siento tan desesperada. Me gustaría que me
pudieras abrazar, mamá, mientras estoy tirada aquí, muriendo. Me
gustaría poder decirte lo mucho que te quiero, mamá. Por eso... "Te
quiero... y... adiós". Estas palabras fueron dictadas a un reportero
que presenció el accidente. La joven, mientras moría, iba diciendo
estas palabras y el periodista anotaba... muy abrumado. Este
periodista empezó esta campaña: "Si bebe, no maneje"

Oración a san Juan Bosco
(En el bicentenario de su nacimiento)
Padre y Maestro de la juventud, san Juan Bosco, que, dócil a los dones
del Espíritu Santo y abierto a las realidades de tu tiempo, fuiste
para los jóvenes, especialmente para los pequeños y los pobres, signo
de la predilección amorosa de Dios.
Enséñanos a ser amigos del Señor, para que descubramos, en él y en su
Evangelio, el sentido de la vida y la fuente de la verdadera
felicidad. Ayúdanos a responder con generosidad a la vocación recibida
de Dios, para ser, en nuestra vida diaria, constructores de comunión
y, unidos a toda la Iglesia, colaborar con entusiasmo en la
edificación de la cultura del amor.
Concédenos la gracia de perseverar en la vivencia intensa de la vida
cristiana, según el espíritu de las Bienaventuranzas y haz que,
guiados por Maria Auxiliadora, nos encontremos un día contigo en la
gran familia del cielo. Amén.

Amar es una decisión
Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no
quería a su esposa y que pensaba separarse. El sabio lo escuchó, y
solamente le dijo una palabra: “ámela”.
—Pero..., es que ya no siento nada por ella.
—Ámela, –insistió el sabio. Y ante el desconcierto del señor, agregó:
—Amar es una decisión, no un sentimiento; amar es dedicación y
entrega. El amor es como un ejercicio de jardinería: prepare el
terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide. Esté preparado porque
habrá plagas, sequías o excesos de lluvia, mas no por eso abandone el
jardín.
Ame a su pareja, es decir, acéptela, valórela, dele afecto y ternura,
admírela y compréndala. Eso es todo, Ámela”. Gonzalo Gallo.

Carrera de sapos
Érase una vez una carrera de sapos en el país de los sapos. El
objetivo consistía en llegar a lo alto de una gran torre que se
encontraba en aquel lugar. Todo estaba preparado y una gran multitud
se reunió para vibrar y gritar por todos los participantes. En su
momento se dio la salida y todos los sapos comenzaron a saltar.
Pero como la multitud no creía que nadie llegara a la cima de aquella
torre pues ciertamente, era muy alta, todo lo que se escuchaba era:
“no lo van a conseguir”, “qué lástima, está muy alto, es muy difícil,
no lo van a conseguir”. Así la mayoría de los sapitos empezaron a
desistir. Pero había uno que persistía, pese a todo, y continuaba
subiendo en busca de la cima.
La multitud continuaba gritando: “es muy difícil, no lo van a
conseguir”, y todos los sapitos se estaban dando por vencidos, excepto
uno que seguía y seguía tranquilo cada vez con más fuerza. Finalmente
fue el único que llegó a la cima con todo su esfuerzo.
Cuando fue proclamado vencedor muchos fueron a hablar con él y a
preguntarle como había conseguido llegar al final y alcanzar semejante
proeza. Cual sería le sorpresa de todos los presentes al darse cuenta
que este sapito era sordo. Sé siempre sordo cuando alguien duda de tus
sueños.

La estrella de mar
Vivía un escritor a orillas del mar, una enorme playa donde tenía una
casita. Allí pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para
su libro. Era un hombre inteligente y culto, sensible a las cosas
importantes de la vida. Una vez caminando en la playa vio a lo lejos
que alguien se movía como si bailara.
Al acercarse advirtió que era un muchacho que levantaba estrellas de
mar y las arrojaba al océano. Le preguntó al joven qué hacía allí.
Éste le contestó: "Recojo las estrellas y las devuelvo al mar; la
marea ha bajado demasiado y muchas morirán". El escritor replicó:
"Pero esto no tiene sentido: primero es su destino, morirán y serán
alimento para otros animales; y además hay miles de estrellas en esta
playa, nunca podrás salvarlas a todas".
El joven miró fijamente al escritor, recogió una estrella de mar de la
arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó, "para
ésta... ¡sí tiene sentido!". El escritor se marchó un tanto
desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo
inspiración para escribir y por la noche no durmió bien, soñaba con el
joven y las estrellas de mar por encima de las olas. A la mañana
siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar
estrellas.

martes, 5 de julio de 2011

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Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


Ángeles en el callejón
Diana, una joven estudiante de la universidad, estaba en casa por el
verano. Fue a visitar algunos amigos a eso de las 20 y, por quedarse
conversando se le hizo muy tarde, más de lo que había pensado y tuvo
que caminar sola a su casa. No tenia miedo porque vivía en una ciudad
pequeña y distaba sólo unas cuantas cuadras del lugar. Mientras
caminaba a su casa, oró a Dios que la salvara de cualquier mal o
peligro.
Cuando llegó al callejón que le servía como atajo para llegar más
pronto a su casa, decidió tomarlo. Sin embargo, cuando iba a la mitad,
notó a un hombre parado al final del callejón y le pareció como que la
estaba esperando. Diana se puso nerviosa y empezó a rezar a Dios. Al
instante un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió,
sintió como si alguien estuviera caminando con ella; llegó al final
del callejón y pasó justo enfrente del hombre y llegó bien a su casa.

Al día siguiente, leyó en el diario local que una joven había sido
violada en aquel mismo callejón unos 20 minutos después de que ella
pasara por allí. Sintiéndose muy mal por esa tragedia y pensando que
pudo haberle pasado a ella, comenzó a llorar dando gracias a Dios por
haberla cuidado y le rogó que ayudara a la otra joven.
Decidió ir a la oficina de la policía, pensó que podría reconocer al
hombre y les dijo su historia. El policía le preguntó si estaría
dispuesta a identificar al hombre que vio la noche anterior en el
callejón, ella accedió y sin dudar reconoció al hombre en cuestión.
Cuando el hombre supo que había sido identificado, se rindió y
confesó.
El policía agradeció a Diana por su valentía y le preguntó si había
algo que pudiera hacer por ella, y ella le pidió que le preguntara al
hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón.
Cuando el policía le preguntó al hombre, él contestó: —"Porque ella no
estaba sola, había dos hombres altos caminando uno a cada lado de
ella".

La tela de araña
Un hombre perseguido por varios criminales, huía desesperadamente. Al
ver una cueva entró y observó que se alargaba en varias galerías.
Llegaron los criminales y empezaron a buscarlo. El hombre se escondió
en un rincón y, lleno de angustia, oró a Dios:
"Dios poderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen esta galería, para
que no me maten". En ese momento escuchó a los forajidos ya cercanos,
y vio que apareció una arañita. Ésta empezó a tejer una telaraña en la
entrada de su escondite. El hombre volvió a orar más angustiado:
"Señor te pedí ángeles, no una araña”. Y continuó: "Señor, por favor,
con tu mano poderosa pon un muro aquí a la entrada para que no me
maten".
Abrió los ojos esperando ver surgir un muro, y observó que la arañita
seguía tejiendo la telaraña. Estaban ya los asesinos entrando al
último tramo y el pobre hombre temblaba ante su muerte. Cuando los
malhechores estuvieron frente al perseguido, ya la arañita había
tapado toda la entrada; entonces escuchó: —Vamos, entremos a esta
galería. —No. ¿No ves que hasta hay telarañas?, nadie ha entrado aquí.
Sigamos buscando en las demás. Pidamos favores a Dios, pero dejemos a
su infinita sabiduría elegir el modo de concederlos


Jesús, mi amigo
Llamaste “amigos” a los discípulos porque les abriste tu intimidad.
Pero, ¡qué difícil es abrirse, Señor! ¡Cuánto cuesta rasgar el velo
del propio misterio! Pero sé bien, Señor, que sin comunicación no hay
amor y que el misterio esencial de la fraternidad consiste en ese
juego de abrirse y aceptarse unos a otros. Hazme comprender, Señor,
que fui creado no como un ser acabado y encerrado sino como en tensión
y movimiento hacia los demás; que debo participar de la riqueza de los
demás y dejar que los demás participen de la mía; y que encerrarse es
muerte y abrirse es vida, libertad, madurez. Señor Jesucristo, rey de
la fraternidad: dame la convicción y coraje de abrirme; enséñame el
arte de abrirme. Danos la gracia de la comunicación.

El escarabajo y el picaflor
Cada uno, en este mundo, tiene su modo de ser, sus cualidades y sus
defectos. El escarabajo es útil, el picaflor es bonito. Pero el
escarabajo no se contentaba con ser útil, y que se lo apreciara por su
trabajo; envidiaba al picaflor, de quien todos ponderaban la gracia y
la gentileza, la hermosura y el brillante plumaje; no perdía ocasión
de rebajar sus méritos, creyendo seguramente así ensalzar los propios.
Todo lo que hacía el picaflor era criticado por el escarabajo, y hasta
sus buenas acciones eran dictadas, al oírle, por la vanidad o por el
interés. —Es un haragán presumido; incapaz de trabajar; saquea a las
flores, pero no sabe hacer miel. Bien mirado, no sirve para nada;
dicen que es bonito; será, pero no piensa sino en lucirse y acaba por
dar rabia el ver a ese atolondrado andar de flor en flor,
festejándolas a todas y haciéndose el delicado hasta no tocarlas sino
con la punta del pico.
Yo no soy así, señor –agregaba–; siempre trabajo calladito, sin tratar
de lucirme más que por mis esfuerzos en llevar a cabo mi ruda tarea de
estercolero. Pero también todo el mundo sabe cuánto más vale un
escarabajo que un picaflor. Y así lo creía él. G. Daireaux.


El chofer de Einstein
Einstein, tras obtener el premio nobel de Física (por cierto, no por
su creación de la teoría de la relatividad, sino por sus trabajos
sobre el efecto fotoeléctrico), era invitado constantemente a dar
conferencias en universidades y organismos científicos. Él solía
viajar en coche y con chófer, y se dice que en cierta ocasión le
comentó al chófer que era tremendamente aburrido repetir siempre lo
mismo.
El chofer le contestó: "He oído su conferencia tantas veces que me la
sé de memoria; si usted quiere, cualquier día puedo sustituirle y
darla yo". Einstein le tomó la palabra y accedió un día en que suponía
poco probable que alguien en la sala de conferencias pudiera
reconocerle. Todo iba de maravilla (nadie le había reconocido, el
chofer había expuesto muy bien la conferencia) hasta que alguien le
hizo una pregunta sobre cuya respuesta el chófer no tenía ni idea.
Tuvo sin embargo la ocurrencia de contestar: "Su pregunta, caballero,
es tan sencilla que estoy seguro de que hasta mi chófer podría
contestarla, así que dejaré que sea él mismo quien lo haga".

jueves, 5 de mayo de 2011

Hoja formativa Nº 113, mayo 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
Córdoba - Argentina
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¿Es Ud. Jesús?
Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos le habían
prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes
por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y
llegaron retrasados al aeropuerto.
Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin querer, uno de los vendedores tropezó con una mesa, que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron
volando por todas partes. Sin detenerse, ni volverse para atrás, los
vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al
avión. Todos menos uno.
Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de
compasión por la dueña del puesto de manzanas. Les dijo a sus amigos
que siguieran sin él, y le pidió a uno de ellos, que al llegar llamara
a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.
Luego, regresó a la terminal, y se encontró con todas las manzanas
tiradas por el suelo.

Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era
una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo
por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando en vano de recoger las
manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin
importarle su desdicha.
El hombre se arrodilló junto con ella, recogió las manzanas, las metió
a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo
hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban
maltratadas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó
su cartera y le dijo a la niña:
—Toma, por favor, estos cien pesos por el daño que hicimos. ¿Estás
bien? Ella, llorando, asintió con la cabeza. El continuó, diciéndole:
—Espero no haber arruinado tu día. Conforme el vendedor empezó a
alejarse, la niña le gritó: —Señor... Él se detuvo, y volvió a mirar
esos ojos ciegos. Ella continuó: —¿Es usted Jesús? El se paró en seco
y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa
pregunta quemándole y vibrando en su alma: "¿Es usted Jesús?"

Amor para siempre
El había fallecido hacía un año, y se acercaba el día de San Valentín.
Todos los años, él le había enviado un ramo de rosas a su esposa con
una tarjeta: "Te amo más que el año pasado”. Estaba extrañando esos
momentos, cuando llamaron a la puerta y, para su sorpresa, al abrir
estaba un ramo de rosas frente a ella. La tarjeta estaba escrita por
su mismo esposo, y decía: "Hola, mi amor, sé que ha sido un año
difícil para ti, espero te puedas reponer pronto, pero quería decirte
que te amaré para siempre, y que volveremos a estar juntos otra vez.
Se te enviarán rosas todos los años; si no contestan harán cinco
intentos más, y si aún no contestas, estarán seguros de llevarlas a
donde tú estés, que será junto a mí. Te ama, tu esposo".

El nombre de Jesús
Amigo, ayer busqué la soledad y me metí dentro de mí para encontrar tu
rostro. Sólo bastó nombrarte. Y en aquel laberinto de mí mismo,
apareciste por todos los caminos.
Sólo me bastó decir: Jesús. ¡Qué error poner en las criaturas la fe y
la esperanza porque no pueden darme lo que el poderosísimo nombre tuyo
me regala. Sólo bastó nombrarte. Sólo necesité pedirte que tu
presencia me abrazara... y me envolviste con tu gracia y se llenó de
luz mi cara con tu cara. ¡Así de simple! Toma, Señor, este paquete de
ruidos huecos, de voces que me llaman subiendo y bajando en un sinfín
de vueltas hacia la nada. Toma este dolor, producto del dolor de no
querer oír cuando me hablabas. Torna mi ser en esta encrucijada en la
que nadie es culpable, sólo Señor... ¡que no supe usar mí libertad!
¡No le di alas! Sólo bastó nombrarte y aquí estás... saliéndome al
encuentro, con tu amor fiel y eterno ¡Gracias mi Dios, por este
presente de hoy, y por recibirme como estoy! Te amo.

Creando al ser humano
Cuenta una antigua leyenda, que cuando Dios estaba creando al ser
humano, tenía a su alrededor seis ángeles: Uno de ellos preguntó:
—¿Qué estás haciendo? El segundo preguntó: —¿Por qué lo haces? El
tercero: —¿Puedo ayudarte? El cuarto ángel preguntó: —¿Cuánto vale
todo eso? El quinto dijo: —No me gusta. Y el sexto se puso a admirar y
a aplaudir. El primer ángel era un científico. El segundo un
filósofo. El tercero un altruista. El cuarto un comerciante. El quinto
un demonio y el sexto un místico. Esos mismos personajes aparecen a
nuestro alrededor cuando queremos hacer algo, y hay que aprender a
reconocerlos. Unos quieren observar, otros discutir, otros criticar y
sólo unos pocos están dispuestos a ayudar y a estimular. Por eso,
cuando queremos sembrar, debemos contar con la envidia y las críticas,
sin dejarnos frenar por ellas. Pero hay algo más: cuando otros hacen
algo, ¿cuál es nuestra actitud? ¿Tendemos la mano, o ponemos
zancadillas?

Avivar la llama Interior
Cuentan que un rey muy rico de la India, tenía fama de ser indiferente
a las riquezas materiales y cultivar una profunda religiosidad. Movido
por la curiosidad, un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano.
“Majestad, le preguntó en la audiencia. ¿Cómo hace para cultivar la
vida espiritual en medio de tanta riqueza?” El rey le dijo: "Te lo
revelaré si recorres mi palacio para apreciar mis riquezas. Pero,
llevarás una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré". Concluido el
paseo, el rey le preguntó: "¿Qué piensas de mis riquezas?" La persona
respondió: "No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se
apagara". El rey le dijo: "Ése es mi secreto. Estoy tan ocupado
tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las
riquezas”.

martes, 5 de abril de 2011

Hoja formativa Nº112, abril 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
Córdoba - Argentina

Necesita escuela especial
Ricardito nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su maestra, Doris, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos, y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrara en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin embargo, Ricardito simplemente irritaba a su maestra. Un día llamó a sus padres, y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Ochoa entraron en la clase vacía, Doris les dijo: - Lo que realmente necesita Ricardo es una escuela especial. No es bueno para él estar con niños menores, que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros escolares. La Sra. Ochoa sacó un pañuelo desechable y lloró silenciosamente.
Su familia sufre mucho
Mientras tanto su marido hablaba: - Srta. Doris, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible trauma para Ricardito si tuviéramos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí. Doris permaneció sentada un largo rato después de que se marcharon, mirando fijamente el cielo a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Ochoa. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase, y Ricardito era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras analizaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con los de esa pobre familia", pensó.
Te quiero, Srta. Doris
"Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Ricardito". Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Ricardito y sus miradas vacías. Un día, Ricardito se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala: - Te quiero, Srta. Doris -exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchara. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas, y Doris enrojeció. Balbuceó: - ¿Có-cómo? Eso es muy bonito, Ricardo. A-ahora vuelve a tu asiento, por favor. Llegó la primavera y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico. - Ahora quiero que se lo lleven a casa y que lo traigan de vuelta mañana, con algo dentro que signifique una nueva vida. ¿Sí, me entendieron? Sí, Srta. Doris – respondieron alegremente los niños (todos, excepto Ricardito).
El huevo de Pascua
Él la escuchó, dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Ricardito. A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre, sobre la mesa de la Srta. Doris.
Signos de vida nueva
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor. - Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas salen de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera. Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo. - Ese es mi huevo, Srta. Doris - dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto: -Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida. La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo: Srta. Doris, ése es mío-. En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida. Raúl alzó la voz desde el fondo de la clase: - Mi papá me ayudó – dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad debe ser de Ricardo, pensó y naturalmente, él no había entendido sus instrucciones.
El huevo vacío
Si no se le hubiera olvidado telefonear a sus padres... Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto, Ricardito dijo: - Srta. Doris, ¿no va usted a hablar de mi huevo? – Doris replicó confusa: - Pero Ricardito, tu huevo está vacío-. El la miró fijamente a los ojos, y dijo suavemente: - Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía-. El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó: ¿Sabes por qué estaba vacía la tumba? Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia Él. La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior se desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Ricardito murió. Aquéllos que fueron al funeral a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.

jueves, 3 de marzo de 2011

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Hoja formativa Nº 111, marzo 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina

La canción del hermanito
Como cualquier madre, cuando Karen supo que un bebé estaba en camino, hizo todo lo posible para ayudar a su otro hijo, Miguel, de tres años de edad, a prepararse para la llegada. Los exámenes mostraban que era una niña, y todos los días Miguel cantaba cerca de la panza de su mamá. El ya amaba a su hermanita, aún antes de que ella naciera. El embarazo se desarrolló normalmente. En el tiempo exacto vinieron las contracciones. Primero cada cinco minutos, después cada tres, y luego cada minuto.
Entretanto, surgieron algunas complicaciones, y el trabajo de parto de Karen demoró horas. Todos discutían la necesidad probable de una cesárea. Hasta que al fin, después de mucho tiempo, la hermanita de Miguel nació. Sólo que ella estaba muy mal. Con la sirena a todo volumen, la ambulancia llevó a la recién nacida hasta la unidad de terapia intensiva neonatal del Hospital Saint Mary. Los días pasaban y la pequeñita empeoraba. Los médicos dijeron a los padres que se prepararan para lo peor, dado que había pocas esperanzas.

Karen y su marido comenzaron entonces con los preparativos para el funeral. Algunos días atrás, estaban arreglando el cuarto para esperar al nuevo bebé. Hoy los planes eran otros. Mientras esto sucedía, Miguel todos los días les pedía a sus padres que lo llevaran a conocer a su hermanita. —Yo quiero cantar para ella –les decía. Cuando llevaba dos semanas la bebé en UTI, se esperaba que no sobreviviera esa tarde.
Miguel continuaba insistiendo con sus padres que lo dejaran cantarle a su hermanita, pero en la UTI no se permitían niños. Entonces Karen se decidió; ella llevaría a Miguel al hospital de cualquier forma. El todavía no había visto a su hermanita, y si no era ese día, tal vez no la vería viva. Ella vistió a Miguel con una ropa un poco mayor para disfrazar su edad, y se encaminó al hospital. La enfermera no le permitió entrar, y le exigió se retirara. Pero Karen insistió: —Él no se irá hasta que vea a su hermanita. Karen llevó a Miguel a la incubadora. El miró hacia aquel trocito de persona que perdía la batalla por la vida. Después de algunos segundos mirando, él comenzó a cantar con voz suavecita..

—Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro... En ese momento, la bebé pareció reaccionar. Las pulsaciones comenzaron a bajar y se estabilizó. Karen alentó a Miguel a continuar cantando. —Tú no sabes querida, cuánto yo te amo, por favor no te lleves mi sol... Mientras Miguel cantaba la respiración difícil de la bebé se fue volviendo suave. —¡Continúa, querido! –le pidió Karen visiblemente emocionada, y su cara empapada en llanto. —Otra noche, querida, yo soñé que tú estabas en mis brazos...
La bebé comenzó a relajarse. —¡Canta un poco más, Miguel! La enfermera comenzó a llorar también. —Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro... ¡por favor no te lleves mi sol...! Al día siguiente, la hermana de Miguel ya se había recuperado y en pocos días fue llevada a su casa. La revista Woman's Day llamó a esta historia: "El milagro de la canción del hermano"; los médicos lo llamaron simplemente milagro. Karen lo llamó: "¡El milagro del amor de Dios!"

El camino cuaresmal
La cuaresma es un regalo anual de Dios para detenerte a ver si caminas en la dirección correcta, renovar tu fidelidad a la alianza bautismal, retomar el proyecto de felicidad que Dios pensó para ti, y volver a lo más puro de tu identidad cristiana: tu condición de hijo de Dios y hermano de todos los hombres. La Iglesia te invita a mejorar tu relación con Dios por la oración, la meditación de la Palabra y el control de ti mismo; y te anima a practicar con generosidad las obras de misericordia. Durante la cuaresma te espera el Señor en el sacramento de la reconciliación. Es una respuesta coherente al llamado a la conversión de la Palabra de Dios, y es una ocasión de experimentar el gozo del perdón del Padre y su amor infinitamente misericordioso. Así podrás coronar este tiempo de gracia con una comunión pascual bien preparada y celebrar con júbilo la Resurrección de tu Redentor y Salvador.

Regalo a Jesús
San Jerónimo vivió durante 25 años en la gruta del nacimiento de Jesús, mientras se dedicaba a la traducción de la Biblia al latín, por encargo del Papa san Dámaso. Un día hizo esta oración:
—Querido Niño, ¿cómo podré compensarte, ya que para hacerme feliz, has bajado a esta pobre gruta y has padecido tanto por mí?
—Alaba a Dios, oyó que decían, y glorifícalo con las palabras: “Gloria a Dios en las alturas”.
—Pero yo, querido Niño, quiero darte alguna cosa; quiero darte todo mi dinero.
—Dalo a los pobres y será como si me lo hubieras dado a mí.
—Sí, lo haré; pero, yo quiero darte alguna cosa también a ti; si no moriré de dolor.
—Entonces dame tus pecados; los quiero para mí; para borrarlos.
—¡Oh querido Niño, dijo el Santo llorando; toma todo lo que es mío y dame todo lo que es tuyo!

Oración a Jesús crucificado

Mírame, oh mi amado y buen Jesús, postrado en tu presencia;
te ruego con el mayor fervor imprimas en mi corazón vivos sentimientos
de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de jamás ofenderte; mientras que yo, con todo el amor
y con toda la compasión de mi alma, voy contemplando tus cinco llagas,
comenzando por aquello que dijo de ti el santo profeta David:
“Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos”.

Gracias por tu visita!!!