martes, 5 de julio de 2011

Compartir Nº 115
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


Ángeles en el callejón
Diana, una joven estudiante de la universidad, estaba en casa por el
verano. Fue a visitar algunos amigos a eso de las 20 y, por quedarse
conversando se le hizo muy tarde, más de lo que había pensado y tuvo
que caminar sola a su casa. No tenia miedo porque vivía en una ciudad
pequeña y distaba sólo unas cuantas cuadras del lugar. Mientras
caminaba a su casa, oró a Dios que la salvara de cualquier mal o
peligro.
Cuando llegó al callejón que le servía como atajo para llegar más
pronto a su casa, decidió tomarlo. Sin embargo, cuando iba a la mitad,
notó a un hombre parado al final del callejón y le pareció como que la
estaba esperando. Diana se puso nerviosa y empezó a rezar a Dios. Al
instante un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió,
sintió como si alguien estuviera caminando con ella; llegó al final
del callejón y pasó justo enfrente del hombre y llegó bien a su casa.

Al día siguiente, leyó en el diario local que una joven había sido
violada en aquel mismo callejón unos 20 minutos después de que ella
pasara por allí. Sintiéndose muy mal por esa tragedia y pensando que
pudo haberle pasado a ella, comenzó a llorar dando gracias a Dios por
haberla cuidado y le rogó que ayudara a la otra joven.
Decidió ir a la oficina de la policía, pensó que podría reconocer al
hombre y les dijo su historia. El policía le preguntó si estaría
dispuesta a identificar al hombre que vio la noche anterior en el
callejón, ella accedió y sin dudar reconoció al hombre en cuestión.
Cuando el hombre supo que había sido identificado, se rindió y
confesó.
El policía agradeció a Diana por su valentía y le preguntó si había
algo que pudiera hacer por ella, y ella le pidió que le preguntara al
hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón.
Cuando el policía le preguntó al hombre, él contestó: —"Porque ella no
estaba sola, había dos hombres altos caminando uno a cada lado de
ella".

La tela de araña
Un hombre perseguido por varios criminales, huía desesperadamente. Al
ver una cueva entró y observó que se alargaba en varias galerías.
Llegaron los criminales y empezaron a buscarlo. El hombre se escondió
en un rincón y, lleno de angustia, oró a Dios:
"Dios poderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen esta galería, para
que no me maten". En ese momento escuchó a los forajidos ya cercanos,
y vio que apareció una arañita. Ésta empezó a tejer una telaraña en la
entrada de su escondite. El hombre volvió a orar más angustiado:
"Señor te pedí ángeles, no una araña”. Y continuó: "Señor, por favor,
con tu mano poderosa pon un muro aquí a la entrada para que no me
maten".
Abrió los ojos esperando ver surgir un muro, y observó que la arañita
seguía tejiendo la telaraña. Estaban ya los asesinos entrando al
último tramo y el pobre hombre temblaba ante su muerte. Cuando los
malhechores estuvieron frente al perseguido, ya la arañita había
tapado toda la entrada; entonces escuchó: —Vamos, entremos a esta
galería. —No. ¿No ves que hasta hay telarañas?, nadie ha entrado aquí.
Sigamos buscando en las demás. Pidamos favores a Dios, pero dejemos a
su infinita sabiduría elegir el modo de concederlos


Jesús, mi amigo
Llamaste “amigos” a los discípulos porque les abriste tu intimidad.
Pero, ¡qué difícil es abrirse, Señor! ¡Cuánto cuesta rasgar el velo
del propio misterio! Pero sé bien, Señor, que sin comunicación no hay
amor y que el misterio esencial de la fraternidad consiste en ese
juego de abrirse y aceptarse unos a otros. Hazme comprender, Señor,
que fui creado no como un ser acabado y encerrado sino como en tensión
y movimiento hacia los demás; que debo participar de la riqueza de los
demás y dejar que los demás participen de la mía; y que encerrarse es
muerte y abrirse es vida, libertad, madurez. Señor Jesucristo, rey de
la fraternidad: dame la convicción y coraje de abrirme; enséñame el
arte de abrirme. Danos la gracia de la comunicación.

El escarabajo y el picaflor
Cada uno, en este mundo, tiene su modo de ser, sus cualidades y sus
defectos. El escarabajo es útil, el picaflor es bonito. Pero el
escarabajo no se contentaba con ser útil, y que se lo apreciara por su
trabajo; envidiaba al picaflor, de quien todos ponderaban la gracia y
la gentileza, la hermosura y el brillante plumaje; no perdía ocasión
de rebajar sus méritos, creyendo seguramente así ensalzar los propios.
Todo lo que hacía el picaflor era criticado por el escarabajo, y hasta
sus buenas acciones eran dictadas, al oírle, por la vanidad o por el
interés. —Es un haragán presumido; incapaz de trabajar; saquea a las
flores, pero no sabe hacer miel. Bien mirado, no sirve para nada;
dicen que es bonito; será, pero no piensa sino en lucirse y acaba por
dar rabia el ver a ese atolondrado andar de flor en flor,
festejándolas a todas y haciéndose el delicado hasta no tocarlas sino
con la punta del pico.
Yo no soy así, señor –agregaba–; siempre trabajo calladito, sin tratar
de lucirme más que por mis esfuerzos en llevar a cabo mi ruda tarea de
estercolero. Pero también todo el mundo sabe cuánto más vale un
escarabajo que un picaflor. Y así lo creía él. G. Daireaux.


El chofer de Einstein
Einstein, tras obtener el premio nobel de Física (por cierto, no por
su creación de la teoría de la relatividad, sino por sus trabajos
sobre el efecto fotoeléctrico), era invitado constantemente a dar
conferencias en universidades y organismos científicos. Él solía
viajar en coche y con chófer, y se dice que en cierta ocasión le
comentó al chófer que era tremendamente aburrido repetir siempre lo
mismo.
El chofer le contestó: "He oído su conferencia tantas veces que me la
sé de memoria; si usted quiere, cualquier día puedo sustituirle y
darla yo". Einstein le tomó la palabra y accedió un día en que suponía
poco probable que alguien en la sala de conferencias pudiera
reconocerle. Todo iba de maravilla (nadie le había reconocido, el
chofer había expuesto muy bien la conferencia) hasta que alguien le
hizo una pregunta sobre cuya respuesta el chófer no tenía ni idea.
Tuvo sin embargo la ocurrencia de contestar: "Su pregunta, caballero,
es tan sencilla que estoy seguro de que hasta mi chófer podría
contestarla, así que dejaré que sea él mismo quien lo haga".

jueves, 5 de mayo de 2011

Hoja formativa Nº 113, mayo 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
Córdoba - Argentina
www.capillaconsolacion.com.ar


¿Es Ud. Jesús?
Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos le habían
prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes
por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y
llegaron retrasados al aeropuerto.
Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin querer, uno de los vendedores tropezó con una mesa, que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron
volando por todas partes. Sin detenerse, ni volverse para atrás, los
vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al
avión. Todos menos uno.
Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de
compasión por la dueña del puesto de manzanas. Les dijo a sus amigos
que siguieran sin él, y le pidió a uno de ellos, que al llegar llamara
a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.
Luego, regresó a la terminal, y se encontró con todas las manzanas
tiradas por el suelo.

Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era
una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo
por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando en vano de recoger las
manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin
importarle su desdicha.
El hombre se arrodilló junto con ella, recogió las manzanas, las metió
a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo
hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban
maltratadas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó
su cartera y le dijo a la niña:
—Toma, por favor, estos cien pesos por el daño que hicimos. ¿Estás
bien? Ella, llorando, asintió con la cabeza. El continuó, diciéndole:
—Espero no haber arruinado tu día. Conforme el vendedor empezó a
alejarse, la niña le gritó: —Señor... Él se detuvo, y volvió a mirar
esos ojos ciegos. Ella continuó: —¿Es usted Jesús? El se paró en seco
y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa
pregunta quemándole y vibrando en su alma: "¿Es usted Jesús?"

Amor para siempre
El había fallecido hacía un año, y se acercaba el día de San Valentín.
Todos los años, él le había enviado un ramo de rosas a su esposa con
una tarjeta: "Te amo más que el año pasado”. Estaba extrañando esos
momentos, cuando llamaron a la puerta y, para su sorpresa, al abrir
estaba un ramo de rosas frente a ella. La tarjeta estaba escrita por
su mismo esposo, y decía: "Hola, mi amor, sé que ha sido un año
difícil para ti, espero te puedas reponer pronto, pero quería decirte
que te amaré para siempre, y que volveremos a estar juntos otra vez.
Se te enviarán rosas todos los años; si no contestan harán cinco
intentos más, y si aún no contestas, estarán seguros de llevarlas a
donde tú estés, que será junto a mí. Te ama, tu esposo".

El nombre de Jesús
Amigo, ayer busqué la soledad y me metí dentro de mí para encontrar tu
rostro. Sólo bastó nombrarte. Y en aquel laberinto de mí mismo,
apareciste por todos los caminos.
Sólo me bastó decir: Jesús. ¡Qué error poner en las criaturas la fe y
la esperanza porque no pueden darme lo que el poderosísimo nombre tuyo
me regala. Sólo bastó nombrarte. Sólo necesité pedirte que tu
presencia me abrazara... y me envolviste con tu gracia y se llenó de
luz mi cara con tu cara. ¡Así de simple! Toma, Señor, este paquete de
ruidos huecos, de voces que me llaman subiendo y bajando en un sinfín
de vueltas hacia la nada. Toma este dolor, producto del dolor de no
querer oír cuando me hablabas. Torna mi ser en esta encrucijada en la
que nadie es culpable, sólo Señor... ¡que no supe usar mí libertad!
¡No le di alas! Sólo bastó nombrarte y aquí estás... saliéndome al
encuentro, con tu amor fiel y eterno ¡Gracias mi Dios, por este
presente de hoy, y por recibirme como estoy! Te amo.

Creando al ser humano
Cuenta una antigua leyenda, que cuando Dios estaba creando al ser
humano, tenía a su alrededor seis ángeles: Uno de ellos preguntó:
—¿Qué estás haciendo? El segundo preguntó: —¿Por qué lo haces? El
tercero: —¿Puedo ayudarte? El cuarto ángel preguntó: —¿Cuánto vale
todo eso? El quinto dijo: —No me gusta. Y el sexto se puso a admirar y
a aplaudir. El primer ángel era un científico. El segundo un
filósofo. El tercero un altruista. El cuarto un comerciante. El quinto
un demonio y el sexto un místico. Esos mismos personajes aparecen a
nuestro alrededor cuando queremos hacer algo, y hay que aprender a
reconocerlos. Unos quieren observar, otros discutir, otros criticar y
sólo unos pocos están dispuestos a ayudar y a estimular. Por eso,
cuando queremos sembrar, debemos contar con la envidia y las críticas,
sin dejarnos frenar por ellas. Pero hay algo más: cuando otros hacen
algo, ¿cuál es nuestra actitud? ¿Tendemos la mano, o ponemos
zancadillas?

Avivar la llama Interior
Cuentan que un rey muy rico de la India, tenía fama de ser indiferente
a las riquezas materiales y cultivar una profunda religiosidad. Movido
por la curiosidad, un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano.
“Majestad, le preguntó en la audiencia. ¿Cómo hace para cultivar la
vida espiritual en medio de tanta riqueza?” El rey le dijo: "Te lo
revelaré si recorres mi palacio para apreciar mis riquezas. Pero,
llevarás una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré". Concluido el
paseo, el rey le preguntó: "¿Qué piensas de mis riquezas?" La persona
respondió: "No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se
apagara". El rey le dijo: "Ése es mi secreto. Estoy tan ocupado
tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las
riquezas”.

martes, 5 de abril de 2011

Hoja formativa Nº112, abril 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
Córdoba - Argentina

Necesita escuela especial
Ricardito nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su maestra, Doris, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos, y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrara en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin embargo, Ricardito simplemente irritaba a su maestra. Un día llamó a sus padres, y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Ochoa entraron en la clase vacía, Doris les dijo: - Lo que realmente necesita Ricardo es una escuela especial. No es bueno para él estar con niños menores, que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros escolares. La Sra. Ochoa sacó un pañuelo desechable y lloró silenciosamente.
Su familia sufre mucho
Mientras tanto su marido hablaba: - Srta. Doris, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible trauma para Ricardito si tuviéramos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí. Doris permaneció sentada un largo rato después de que se marcharon, mirando fijamente el cielo a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Ochoa. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase, y Ricardito era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras analizaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con los de esa pobre familia", pensó.
Te quiero, Srta. Doris
"Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Ricardito". Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Ricardito y sus miradas vacías. Un día, Ricardito se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala: - Te quiero, Srta. Doris -exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchara. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas, y Doris enrojeció. Balbuceó: - ¿Có-cómo? Eso es muy bonito, Ricardo. A-ahora vuelve a tu asiento, por favor. Llegó la primavera y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico. - Ahora quiero que se lo lleven a casa y que lo traigan de vuelta mañana, con algo dentro que signifique una nueva vida. ¿Sí, me entendieron? Sí, Srta. Doris – respondieron alegremente los niños (todos, excepto Ricardito).
El huevo de Pascua
Él la escuchó, dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Ricardito. A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre, sobre la mesa de la Srta. Doris.
Signos de vida nueva
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor. - Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas salen de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera. Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo. - Ese es mi huevo, Srta. Doris - dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto: -Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida. La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo: Srta. Doris, ése es mío-. En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida. Raúl alzó la voz desde el fondo de la clase: - Mi papá me ayudó – dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad debe ser de Ricardo, pensó y naturalmente, él no había entendido sus instrucciones.
El huevo vacío
Si no se le hubiera olvidado telefonear a sus padres... Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto, Ricardito dijo: - Srta. Doris, ¿no va usted a hablar de mi huevo? – Doris replicó confusa: - Pero Ricardito, tu huevo está vacío-. El la miró fijamente a los ojos, y dijo suavemente: - Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía-. El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó: ¿Sabes por qué estaba vacía la tumba? Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia Él. La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior se desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Ricardito murió. Aquéllos que fueron al funeral a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.

jueves, 3 de marzo de 2011

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Hoja formativa Nº 111, marzo 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina

La canción del hermanito
Como cualquier madre, cuando Karen supo que un bebé estaba en camino, hizo todo lo posible para ayudar a su otro hijo, Miguel, de tres años de edad, a prepararse para la llegada. Los exámenes mostraban que era una niña, y todos los días Miguel cantaba cerca de la panza de su mamá. El ya amaba a su hermanita, aún antes de que ella naciera. El embarazo se desarrolló normalmente. En el tiempo exacto vinieron las contracciones. Primero cada cinco minutos, después cada tres, y luego cada minuto.
Entretanto, surgieron algunas complicaciones, y el trabajo de parto de Karen demoró horas. Todos discutían la necesidad probable de una cesárea. Hasta que al fin, después de mucho tiempo, la hermanita de Miguel nació. Sólo que ella estaba muy mal. Con la sirena a todo volumen, la ambulancia llevó a la recién nacida hasta la unidad de terapia intensiva neonatal del Hospital Saint Mary. Los días pasaban y la pequeñita empeoraba. Los médicos dijeron a los padres que se prepararan para lo peor, dado que había pocas esperanzas.

Karen y su marido comenzaron entonces con los preparativos para el funeral. Algunos días atrás, estaban arreglando el cuarto para esperar al nuevo bebé. Hoy los planes eran otros. Mientras esto sucedía, Miguel todos los días les pedía a sus padres que lo llevaran a conocer a su hermanita. —Yo quiero cantar para ella –les decía. Cuando llevaba dos semanas la bebé en UTI, se esperaba que no sobreviviera esa tarde.
Miguel continuaba insistiendo con sus padres que lo dejaran cantarle a su hermanita, pero en la UTI no se permitían niños. Entonces Karen se decidió; ella llevaría a Miguel al hospital de cualquier forma. El todavía no había visto a su hermanita, y si no era ese día, tal vez no la vería viva. Ella vistió a Miguel con una ropa un poco mayor para disfrazar su edad, y se encaminó al hospital. La enfermera no le permitió entrar, y le exigió se retirara. Pero Karen insistió: —Él no se irá hasta que vea a su hermanita. Karen llevó a Miguel a la incubadora. El miró hacia aquel trocito de persona que perdía la batalla por la vida. Después de algunos segundos mirando, él comenzó a cantar con voz suavecita..

—Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro... En ese momento, la bebé pareció reaccionar. Las pulsaciones comenzaron a bajar y se estabilizó. Karen alentó a Miguel a continuar cantando. —Tú no sabes querida, cuánto yo te amo, por favor no te lleves mi sol... Mientras Miguel cantaba la respiración difícil de la bebé se fue volviendo suave. —¡Continúa, querido! –le pidió Karen visiblemente emocionada, y su cara empapada en llanto. —Otra noche, querida, yo soñé que tú estabas en mis brazos...
La bebé comenzó a relajarse. —¡Canta un poco más, Miguel! La enfermera comenzó a llorar también. —Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro... ¡por favor no te lleves mi sol...! Al día siguiente, la hermana de Miguel ya se había recuperado y en pocos días fue llevada a su casa. La revista Woman's Day llamó a esta historia: "El milagro de la canción del hermano"; los médicos lo llamaron simplemente milagro. Karen lo llamó: "¡El milagro del amor de Dios!"

El camino cuaresmal
La cuaresma es un regalo anual de Dios para detenerte a ver si caminas en la dirección correcta, renovar tu fidelidad a la alianza bautismal, retomar el proyecto de felicidad que Dios pensó para ti, y volver a lo más puro de tu identidad cristiana: tu condición de hijo de Dios y hermano de todos los hombres. La Iglesia te invita a mejorar tu relación con Dios por la oración, la meditación de la Palabra y el control de ti mismo; y te anima a practicar con generosidad las obras de misericordia. Durante la cuaresma te espera el Señor en el sacramento de la reconciliación. Es una respuesta coherente al llamado a la conversión de la Palabra de Dios, y es una ocasión de experimentar el gozo del perdón del Padre y su amor infinitamente misericordioso. Así podrás coronar este tiempo de gracia con una comunión pascual bien preparada y celebrar con júbilo la Resurrección de tu Redentor y Salvador.

Regalo a Jesús
San Jerónimo vivió durante 25 años en la gruta del nacimiento de Jesús, mientras se dedicaba a la traducción de la Biblia al latín, por encargo del Papa san Dámaso. Un día hizo esta oración:
—Querido Niño, ¿cómo podré compensarte, ya que para hacerme feliz, has bajado a esta pobre gruta y has padecido tanto por mí?
—Alaba a Dios, oyó que decían, y glorifícalo con las palabras: “Gloria a Dios en las alturas”.
—Pero yo, querido Niño, quiero darte alguna cosa; quiero darte todo mi dinero.
—Dalo a los pobres y será como si me lo hubieras dado a mí.
—Sí, lo haré; pero, yo quiero darte alguna cosa también a ti; si no moriré de dolor.
—Entonces dame tus pecados; los quiero para mí; para borrarlos.
—¡Oh querido Niño, dijo el Santo llorando; toma todo lo que es mío y dame todo lo que es tuyo!

Oración a Jesús crucificado

Mírame, oh mi amado y buen Jesús, postrado en tu presencia;
te ruego con el mayor fervor imprimas en mi corazón vivos sentimientos
de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de jamás ofenderte; mientras que yo, con todo el amor
y con toda la compasión de mi alma, voy contemplando tus cinco llagas,
comenzando por aquello que dijo de ti el santo profeta David:
“Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos”.

sábado, 5 de febrero de 2011

Compartir Nº 110, febrero 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


¿Zanahorias, huevos o café?
Una hija casada se quejaba con su padre de su vida, y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante, y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Desaparecía un problema y aparecía otro. Su padre, jefe de cocina, la llevó adonde trabajaba. Allí llenó tres ollas con agua, y las colocó sobre el fuego. Pronto, las tres ollas estaban hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra huevos, y en la otra granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó con paciencia, preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos, el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en una fuente.
Sacó los huevos y los colocó en otra. Coló el café y lo puso en una pava, Mirando a su hija, le dijo: —Querida, ¿qué ves? —Zanahorias, huevos y café –fue su respuesta. Le pidió luego que tocara las zanahorias. Ella lo hizo, y notó que estaban blandas. Le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió, mientras disfrutaba de su rico aroma. Con curiosidad, la hija preguntó: —¿Qué significa esto, padre? El le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo; pero habían reaccionado en forma diferente.

La zanahoria llegó al agua fuerte, dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café, sin embargo, eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua. —¿Cuál eres tú? –le pregunta a su hija– Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?

¿Y cómo eres tú, amigo? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte, pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? ¿Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, un divorcio, o un despido, te has vuelto duro y rígido? Por fuera te ves igual, pero ¿eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecido? ¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviente, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición, el café alcanza su mejor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren. ¿Cómo manejas la adversidad? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?

Corazón simple y humilde
Me presento ante ti, Padre amado. Quiero ofrecerte con cariño lo que puedo hacer cada día, aunque sea imperfecto. Es tan pequeño al lado de tu infinita gloria y del regalo de tu amistad. Pero sé que te gozas cuando me entrego al servicio de tu Hijo. Tú mereces esta ofrenda de mi trabajo cotidiano. Yo no puedo saber qué valor ha tenido mi tarea. Pero dejo en tus manos los frutos de mi trabajo. Señor mío, dame un corazón humilde y libre, que no esté atado a las vanidades, reconocimientos y aplausos. Dame un corazón simple que sea capaz de darlo todo, pero dejándote a ti la gloria y el honor. Regálame la belleza de un corazón humilde y liberado. Amén. (P. Víctor Fernández).

Un cazador de leones
En cierta ocasión un cazador de bestias feroces, yendo por el desierto, vio al abad san Antonio que bromeaba con los hermanos y se escandalizó de ello. Pero el anciano, queriendo hacerle comprender que conviene ser condescendiente en alguna ocasión con los hermanos, le dice:
“Pon una flecha en tu arco y ténsalo”. Y lo hizo. Le dice: “Ténsalo más”. Y lo hizo. Le dijo una vez más: ”Ténsalo”. El cazador le dijo: “Si lo tenso más se va a romper”. Le dijo el anciano: “Así sucede también con las obras de Dios: si con los hermanos tensamos el arco de manera excesiva, enseguida se rompen. Por eso es necesario ser condescendiente en ocasiones”. Al oír esto, el cazador se sintió presa de arrepentimiento y se marchó muy edificado con ello.

Lo que hizo san Antonio con sus monjes, hazlo contigo. Sé prudente en armonizar el trabajo con el descanso, la vida de estudio y reflexión con la vida social, el cuidado del cuerpo y el del espíritu. Los autores clásicos tenían un proverbio muy sabio: “Nada en exceso”. Que sepas organizar tu día con sabiduría y prudencia.

El ombú
Erguido en la pampa, orgulloso sobre sus enormes raíces, el ombú extendía sus opulentas ramas. En busca de un lugar donde edificar su casa, llegó allí un colono con su familia. ¡Qué árbol hermoso! -exclamó uno de los hijos-; quedémonos aquí, padre mío.
Seducido por el aspecto del árbol gigante, consintió el padre. De una raíz iba a atar con soga larga, para que comiera, el caballo del carrito en el cual venía la familia, cuando vio que allí no crecía el pasto y tuvo que retirar el animal algo lejos del árbol. Mientras tanto, el hijo mayor cortaba unas ramas para prender el fuego y preparar el almuerzo. Pero pronto vieron que con esa leña, sólo se podía hacer humo.
Uno de los muchachos, entonces, para calmar el hambre, se trepó en las ramas altas y quiso comer la fruta del árbol. Se dio cuenta de que aquello no era fruta, ni cosa parecida.
-¡Hermoso árbol! -dijo entonces el padre- para los pintores y poetas. Pero no produce fruta, su leña no sirve, y su sombra no dejaría florecer nuestro humilde jardín. Orgulloso, inútil y egoísta. Es mejor dejarlo solo e irnos a otra parte. (G. Daireaux)

Tu vida es un reflejo
Un hijo y su padre, iban caminando por las montañas. De repente, el hijo se cae, se lastima y grita: ¡Aaah! Para su sorpresa oye una voz repitiendo en algún lugar de la montaña: ¡Aaah! Con curiosidad el niño grita: ¿Quién está ahí? Recibe una respuesta: ¿Quién está ahí? Enojado con la respuesta el niño grita: ¡Cobarde! Y recibe de respuesta: ¡Cobarde! El niño mira a su padre y le pregunta: ¿Qué sucede?
El padre, sonríe y le dice: Hijo mío presta atención. Y entonces el padre grita a la montaña: ¡Te admiro! Y la voz responde: ¡Te admiro! De nuevo, el hombre grita: ¡Eres un campeón! Y la voz le responde: ¡Eres un campeón! El niño estaba asombrado, pero no entendía.
Luego el padre le explica: La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces. La vida te devolverá exactamente aquello que tú le has dado. Tu vida no es una coincidencia, es un reflejo de ti. Alguien dijo: si no te gusta lo que recibes, revisa muy bien lo que estás dando.

sábado, 1 de enero de 2011

Hoja formativa Nº 109, Enero 2011
Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


Una noche tormentosa
Una noche tormentosa, hace muchos años, un hombre mayor y su esposa
llegaron a un pequeño hotel en Filadelfia. Intentando conseguir
resguardo de la copiosa lluvia, la pareja se aproxima al mostrador y
pregunta: —¿Puede darnos una habitación? El empleado, un hombre atento
con una cálida sonrisa, les dijo: —Hay tres convenciones simultáneas
en Filadelfia... Todas las habitaciones de nuestro hotel y de los
otros están ocupadas. El matrimonio se angustió, pues era difícil que
a esa hora y con ese tiempo horroroso fueran a conseguir dónde pasar
la noche. Pero el empleado les dijo:
—Miren, no puedo enviarlos afuera con esta lluvia. Si ustedes aceptan
la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me acomodaré
en un sillón de la oficina. El matrimonio lo rechazó, pero el empleado
insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación.
A la mañana siguiente al pagar la factura, el hombre pidió hablar con
él y le dijo: —Usted es el tipo de gerente que yo tendría en mi propio
hotel. Quizás algún día construya un hotel para devolverle el favor
que nos ha hecho.

El recepcionista tomó la frase como un cumplido, y se despidieron
amistosamente. Pasaron dos años y el administrador recibió una carta
de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje
de ida y vuelta a New York, con la petición expresa de que los
visitara. Con cierta curiosidad, el conserje no desaprovechó esta
oportunidad de visitar gratis New York, y concurrió a la cita.
En esta ocasión, el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta
Avenida y la calle 34, y señaló con el dedo un imponente edificio de
piedra rojiza, y le dijo: —Este es el hotel que he construido para
usted. El conserje miró anonadado y dijo: —¿Es una broma, verdad?
—Puedo asegurarle que no –le contestó con una sonrisa el hombre mayor.
Y así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria y
contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt (el
recepcionista en la noche lluviosa). Obviamente George C. Boldt no
imaginó que su vida estaba cambiando para siempre cuando hizo aquel
favor para atender al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa.

En medio de la naturaleza…
Una vez, el padre de una familia acaudalada llevó a su hijo a un paseo
por el campo con la intención de que su hijo viera cuán pobres eran
las gentes del campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche
completos en la casa de una familia campesina muy humilde. Al concluir
el viaje y de regreso a casa el padre le preguntó a su hijo: —¿Qué te
pareció el viaje? —Muy bonito, papá. —¿Viste qué pobre es la gente?
—Sí. —Y ¿qué aprendiste? —Comprobé que nosotros tenemos un perro en
casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una pileta que llega de un
tapial a la mitad del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin.
Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen
las estrellas. Nuestro patio llega hasta la tapia de la casa, ellos
tienen todo un horizonte de patio. Al terminar el relato, el padre se
quedó mudo....y su hijo agregó: —¡Gracias, papá, por enseñarme cuáles
son nuestras pobrezas!

Si el pájaro hablara
Niño: tú que algunas veces me persigues, mírame bien. Yo soy el
protector más importante de la agricultura. Yo destruyo por millares
los insectos que constituyen las plagas de las plantas. Yo enseñé al
hombre el arte de la cestería, mostrándole mi nido. Le he sugerido
también la idea de volar corno yo, y ha construido sus aviones. La
inmensa variedad de mis nidos le ha sugerido multitud de ideas. No me
mates para lucirme en tu sombrero o envanecerte de tu puntería. Yo soy
el enemigo de los insectos que destruyen las legumbres, los cereales y
las frutas, que constituyen tus mejores alimentos. No me hagas víctima
de tu deporte de caza. Yo distraigo con mi dulce y armonioso canto tus
horas de fastidio. No destruyas mi nido, que es el sencillo hogar de
mis pequeños hijos. Si eres bueno, como creo, no me tengas preso entre
alambres; no me hagas mal y andaré sin temor más cerca de ti.

Orando junto al mar
Cuando llegan los días calurosos salimos al campo, las sierras y el
mar a buscar, en contacto con la naturaleza, descanso y renovación.
Ahí están los amplios espacios, el aire puro, la presencia de animales
y aves en su propio ambiente. Todo en un clima de paz y silencio. Es
también ocasión para encontrarte con quien hizo el cielo, la tierra y
el mar y cuanto contienen. Bendito seas, Dios mío, por nuestro hermano
el mar, que has hecho azul y agitado de movibles ondulaciones. Por
nuestras hermanas las olas, que has hecho glaucas y coronadas de
espuma blanca. Por nuestro hermano el sol, que arroja a manos llenas
todo su fuego sobre el mar. Por nuestro hermano el cielo, que has
hecho resplandeciente de luces. Bendito seas también, Dios mío, por
nuestro hermano el barco, a quien permites llevarnos entre dos
inmensidades. Y por esta grandeza que no rodea, haznos comprender,
Dios mío, lo pequeño que somos y qud tenemos necesidad de Ti. (Guy de
Larigaudie).

Mensaje de la naturaleza
Por medio de tus sentidos, aprende a conocer mejor y amar la
naturaleza. Acostúmbrate a observar con admiración, interés y
agradecimiento el bosque y los trigos ondulantes. Escucha el murmullo
del arroyo y el canto de la calandria. Siente la frescura de la tierra
recién labrada y el perfume de los prados. Toca delicadamente la rosa
que se entreabre y el fruto que madura... Aguza tus sentidos por la
experiencia y la observación; más adelante tendrás necesidad de ellos,
para cumplir tu misión en la vida. (F. Lelotte).
Para poder comprender lo mucho que Dios nos ama, contemplemos,
extasiados, el sol de cada mañana... Recorramos los jardines, las
flores también nos hablan. ¿Quién pudo darles tanta belleza, de aroma,
color y gala? Sólo el artista divino, nuestro Padre que nos ama. La
naturaleza se expresa y nos habla al corazón para decirnos,
dulcemente, ¡cómo nos ama Dios! Además de darnos la vida, ¡cuánto nos
regaló! (Cecilia Prezioso).

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Hoja formativa Nº 108, Parroquia S. J. Bosco y S. D. Savio
CÓRDOBA - Argentina


El silencio de los abuelos
Dos abuelos. Cuarenta años de convivencia fecunda y fiel. Se conocían
lo suficiente como para darse todavía la sorpresa de un malentendido.
Era justo lo que había sucedido esa mañana. El abuelo era un hombre
jovial y bastante espontáneo. Impetuoso en sus reacciones, solía irse
de boca cuando decía sus verdades. La abuela era más paciente, pero
también de reacciones más lentas. Por eso, aquel cruce de palabras que
la habían ofendido, la llevó a su respuesta habitual: el mutismo.
El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están
obligadas a una convivencia muy cercana. Y estos dos abuelos pasaban
gran parte de la semana solos, porque sus tres hijos casados no vivían
en el mismo pueblo, y los encuentros solían darse sólo los fines de
semana. La discusión se había dado en horas de la mañana. Para la hora
del almuerzo, se comió en silencio. El televisor llenó un poco el
vacío, sin solucionar el problema. El té de la tarde los vio reunirse
dentro del mismo clima. Y llegada la cena, continuaba aún el mutismo
por parte de la abuela.

Al abuelo ya se le había pasado totalmente el mal rato, y quería que
le sucediera lo mismo a su compañera. Pero, evidentemente, ésta era de
reacciones más lentas. Por tanto había que encontrar una manera de
hacerla hablar, sin que ello significara capitulación por ninguna de
las dos partes. Porque el asunto que los había distanciado era una
intrascendencia, y no valía la pena volver sobre ello.
Cuando ya se iban a acostar, al abuelo se le ocurrió una idea: Se
levantó con cara de preocupado, y abriendo uno de los cajones de la
cómoda, se puso a buscar afanosamente en él. Sacaba la ropa y la
tiraba sobre la cama. Luego de haber vaciado ese cajón, lo cerró con
fuerza y se puso a hacer lo mismo con el siguiente. Cuando ya se
decidía a hacer lo mismo con el tercero, la abuela rompió el silencio
y preguntó entre enojada y preocupada: - ¿Se puede saber qué estás
buscando? A lo que contestó su marido con una sonrisa: - ¡Sí! Y ya lo
encontré: ¡Tu maravillosa voz, querida!

Te amo tal como eres
Mi mujer y un grupo de amigas habían iniciado un programa de
autosuperación. Me pidió que le escribiera una lista de seis cosas
que me gustaría que cambiara para ser mejor esposa. Lógicamente, se me
ocurrían muchas cosas que decir (y seguro que ella también tendría
cosas qué decir), pero en lugar de ponerme a escribir, le dije:
—Déjame pensarlo y mañana te daré una respuesta. Al día siguiente me
levanté temprano y llamé a la florería. Encargué seis rosas rojas para
mi mujer y una nota que decía: "No se me ocurren seis cosas que me
gustaría que cambiaras. Te quiero tal como eres". Cuando volví a casa
esa tarde, mi mujer me recibió en la puerta; estaba al borde de las
lágrimas.
No necesito decir que me alegré de no haberla criticado como me había
pedido. El domingo siguiente en la iglesia, después de que ella hubo
informado del resultado de su tarea, varias mujeres del grupo se me
acercaron y me dijeron: —Fue lo más bonito que he escuchado.
Entonces comprendí el poder de aceptarla y amarla tal como es; y así
lo seguiré haciendo, sólo por amor.

Valora lo que tienes
A pesar de que eran ricos, Napoleón y George Washington nunca contaron
con una pastilla para el dolor de cabeza. Simón Bolívar, San Martín y
Pancho Villa jamás pudieron tomar un taxi cuando necesitaban llegar
pronto a algún lugar. Ni Cervantes, ni Dante, ni Shakespeare tuvieron
una máquina de escribir. Los vikingos viajaron sin brújulas y Colón no
pudo llevar alimentos enlatados ni un refrigerador.
Julio César y Carlo Magno jamás comieron una pizza y tampoco
disfrutaron del cine o la televisión. Beethoven no pudo usar
audífonos ni oír su música en un equipo de sonido. Mozart no pudo
grabar sus composiciones. Hipócrates y Galeno no se sirvieron de las
vacunas ni de miles de avances médicos.
Y nosotros hoy nos quejamos de que no tenemos todo lo que queremos, y
de que esta vida es insufrible. Así somos. ¿Por qué seremos así?

No te rindas nunca
La joven maestra leyó la nota adjunta a la hermosa planta de hiedra.
"Gracias a las semillas que usted plantó, algún día seremos como esta
hermosa planta. Le agradecemos todo lo que ha hecho por nosotras.
Gracias por invertir tiempo en nuestras vidas".
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de la maestra, mientras por sus
mejillas corrían lágrimas de alegría. Las chicas a quienes les había
dado clase, se acordaban de agradecer a su maestra. La planta de
hiedra representaba un regalo de amor. Durante meses la maestra regó
fielmente la planta en crecimiento. Pero al cabo de un año, algo
sucedió. Las hojas empezaron a ponerse amarillas y a caerse; todas,
menos una. Pensó en deshacerse de la hiedra, pero decidió seguir
regándola y fertilizándola.
Un día, al pasar por la cocina, la maestra vio que la planta tenía un
brote nuevo. Unos días después, apareció otra hoja, y luego otra más.
En pocos meses, la hiedra estaba otra vez convirtiéndose en una
hermosa planta. Hay pocas alegrías más grandes que la bendición de
invertir fielmente amor y tiempo en las vidas de otras personas.
¡Nunca, nunca te des por vencido con esas plantas!

Navidad: llamado al amor

Si nos amáramos, dialogaríamos, porque el amor
busca intimidad y la comunión con el amado.

Si dialogáramos, nos comprenderíamos, porque
nos escucharíamos hasta ponernos en el lugar del otro.

Si nos comprendiéramos, nos perdonaríamos, porque
al comprender el dolor que causa la ofensa y la culpa,
pediríamos perdón y perdonaríamos.

Si nos perdonáramos, nos reconciliaríamos,
porque el perdón es el puente por donde cruzamos,
sobre el abismo de las ofensas y las culpas que nos separan.

Si nos reconciliáramos, nos amaríamos porque
sólo nos amamos cuando nos amamos como somos,
y eso es perdonarnos y reconciliarnos.

Si nos amáramos, ¡viviríamos tan felices!
Gracias por tu visita!!!